"Eran lenguas de fuego. Era un río de fuego bajando la
montaña." La mujer estuvo ahí, viéndolo todo. Nacida y criada en El
Bolsón, todavía recuerda la vez aquella en que la noche se iluminó entera, y
todo fue un enorme resplandor. Se recuerda asomada a la ventana, mirando la
marejada roja que avanzaba hacia el valle. En los ojos se le tatuó la escena.
Tanto que, cuando cuenta la historia, sus ojos vuelven a iluminarse. Algo hay
en el fuego que permanece para siempre. Por Fernanda Sandez .
Hubo, desde entonces, varios incendios más. Pero ninguno
como aquel de cuando era chica y supo, de repente, que los dragones a veces son
del tamaño de la noche. Y bajan de la montaña para cambiarlo todo. Para, de uno
u otro modo, quedarse para siempre.
El hombre estuvo aquí, y también lo vio todo. Sólo que
cuando él llegó, el bosque era ya un campamento de muñones de lengas, de
radales caídos. La huella del dragón se le volvió pregunta, y la pregunta,
obsesión. ¿Qué se hace con un bosque cuando dejó de serlo? O, mejor todavía,
¿desaparece el bosque cuando los árboles ya no están de pie? Marcelo López, por
entonces joven y ya escultor, supo ver algo germinando. Se le antojó que había,
en cada uno de esos troncos secos, una hipótesis de belleza. Pensó más, y
volvió a verlo todo: el bosque ardido podía ser lo que él ya intuía detrás de
toda esa madera muda.
En 1998, 20 años después de aquel incendio, la idea tomó
forma. Y fue un grupo de artistas que, por una semana, trabajó en la cumbre con
gubias y formones. Tuvieron, antes, que subir un mundo de cosas: electricidad,
comida, carpas. Agua, luz y fuegos. "Para mover los troncos trajimos una
yunta de bueyes. Una locura, pero había que hacerlo", recuerda Marcelo.
Hoy, el bosque es otro. Y habitado. Hay una bella durmiente
echada al sol. Hay un duende pequeño escabulléndose de un tronco. Hay otro
mayúsculo, con barba y con una gorra de dos puntas, de la que brotan dos
gnomos. Hay un pórtico y un péndulo. Hay un guardián. Hay dos enormes puños de madera
rajando la tierra. Hay, al cabo de trece años de aquella primera vez, cincuenta
obras de arte nacidas del desastre. Y alrededor de ellas un espléndido renoval,
que es como se le dice al bosque niño, a las lengas y cipreses que husmean el
sol. Cada año o dos, según se pueda, llegan hasta el Bosque Tallado artistas de
todo el mundo a transformar su arte en naturaleza. Conviven y trabajan aquí por
siete días. Cuando se van, dejan en el bosque colgado de la ladera del cerro
Piltriquitron su ofrenda de madera y colores. Porque eso es lo que significa su
nombre en mapuche: "donde cuelgan los paquetitos" (esto es, las
ofrendas).
El árbol, visto de perfil, semeja una acuarela japonesa: una
mujer parada el borde del abismo, y en su pelo una llamarada que en realidad no
arde. Fue el viento el que lo dejó así, despeinado y detenido en el instante
preciso de encenderse entero. En Tierra del Fuego hay muchos como él. Les dicen
"árboles bandera" y nadie podría encontrar más bella figuración de la
persistencia. De ese gesto, tan patagónico, de aferrarse al suelo y esperar a
que todo pase. Y hasta volverse otra cosa con tal de no sucumbir. Hay, entre el
bosque tallado y los árboles ondulantes del fin del mundo, una hermandad
bellamente obvia. Un "aire de familia", como si fueran dos modos de
decir lo mismo. El arte vuelto naturaleza, la naturaleza vuelta arte. Vivo o
muerto, ambos hablan del renacimiento como posibilidad, de la resistencia como
mandato. Y de la transformación como único modo posible de pervivir sin traicionarse.
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