Lo que arrancó como una jornada marcada por viento fuerte y peligro extremo, se transformó pasado el mediodía en una tarde de lluvias intermitentes, que —si bien no alcanzaron para detener el avance del fuego— sí trajeron un alivio palpable entre los vecinos, brigadistas y bomberos que combaten sin descanso el desastre ígneo.
“Hoy la lluvia trajo un alivio que ya se está sintiendo…” — compartieron usuarios de redes sociales desde Rincón de Lobos, donde las primeras gotas comenzaron a humedecer la tierra quemada y a enfriar la atmósfera.
Un contraste con la desesperanza
Apenas 24 horas atrás, el panorama en la Comarca Andina era completamente distinto: visibilidad prácticamente nula, columnas de humo elevándose sobre las laderas y el fuego tocando incluso el asfalto de la Ruta 40, obligando al corte total de la circulación.
Hoy, en cambio, el camino está mojado, los cerros muestran el suelo oscuro por la humedad y, aunque no se disipó todo el humo, los equipos de emergencia pueden trabajar con condiciones algo menos extremas.
Lo que trae realmente la lluvia
Según los reportes oficiales y lo que comparten brigadistas en contactos directos y redes sociales, el volumen de agua caído (estimado en 5 a 7 milímetros en muchas zonas) no es suficiente para sofocar los focos activos, pero sí alcanza para:
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Bajar la temperatura ambiental
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Humedecer superficies secas
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Disminuir la propagación inmediata del fuego
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Reducir el riesgo de que brasas ocultas se reaviven con calor y viento
Aun así, desde los equipos técnicos se mantiene la cautela: para considerar los incendios como contenidos o sofocados se necesitarían pulverizaciones más sostenidas, con entre 20 y 30 milímetros de lluvia acumulada y condiciones climáticas más estables, algo que aún no se concretó.
Respirar, aunque sea un poco
Más allá de los números y cifras, este alivio tiene un efecto profundo en quienes están en la primera línea del combate contra las llamas. Cientos de brigadistas, bomberos voluntarios y vecinos se ven beneficiados físicamente —por la caída de temperatura— y psicológicamente —por la esperanza que genera un fenómeno meteorológico que parecía lejano según las previsiones originales—.
Un vecino del paraje Rincón de Lobos describió la escena: “Ayer el fuego estaba al borde del camino; hoy la montaña respira”, palabras simples, que reflejan a la perfección el contraste entre la tensión de días sin respiro y la tregua momentánea que llegó con la lluvia.
Sigue la batalla
Pese al alivio, los operativos continúan: brigadistas siguen en el terreno controlando puntos calientes, revisando líneas de fuegos latentes y evitando que las brasas ocultas vuelvan a encenderse cuando el clima vuelva a secarse. La emergencia persiste y nadie baja la guardia.
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