Este relato me lo entregó su autor en Vuelta del Río durante
el Primer Parlamento (Futra Trafun) de Comunidades y Organizaciones Mapuches.
Fue, para mi, grata sorpresa conocer una parte del origen de esta saga que
protagoniza una famila Mapuche, especie de “Cien años de soledad” de Don
Mauricio Fermín.
Confieso que en su momento me hallaba más preocupado por las
deliberaciones finales del encuentro y no detuve mayor atención en las seis
páginas que componen esta historia que su responsable tituló “Desalojo en
Vuelta del Río”, pero sí recuerdo sus palabras:
“Vivo en El Maitén y escribí esto que le entrego porque
conocí bien a Don Fermín y a otros miembros de su familia. Podría decirle que
lo que cuento es casi como sucedieron los hechos. Usted sabrá darle debida
difusión y no descarte que también me dará su opinión”. Luego, le entrega otra
copia a los hermanos mapuches que organizaron el Futra Trafun y al propio Don
Fermín.
En ocasión de mi primera visita a Vuelta del Río, poco
después que una comisión de veintidós policías de Cushamen y El Maitén
derribara la casa de Don Fermín con la fuerza de sus propios bueyes, conté no
sólo mi impresión sino que también recibí las historias de otros miembros de
las veinticinco familias de la comunidad Mapuche afincadas en ese sector dentro
de las cincuentas leguas cedidas por el propio conquistador del desierto. El
predio que habita la familia desalojada le pertenece por herencia legítima a
Doña Carmen, la esposa de Mauricio Fermín y cuando este decide instalarse ahí
hace apenas dos años, las demás familias aceptan porque reconocen su doble
derecho, el sucesorio y el de la Comunidad. De bodoque la historia del señor
Edmundo Daniel Jíos que publicamos a continuación corresponde al desalojo
anterior que sufriera este Mapuche tan castigado por la injusticia como otrora
ocurriera con su abuelo Saturnino y con su padre, Primitivo Fermín.
Javier Rodríguez Pardo
Fue un 25 de Mayo
Mauricio Fermín no conocía demasiado sobre la historia del
campo de su abuelo Saturnino…sólo lo que alcanzó a contarle su madre cuando,
todavía, era un “Pichi aborigen”. Pero según se fue enterando después por
dichos de parientes y vecinos, la cosa fue más o menos así: “Fue un 25 de Mayo
del año treinta y pico cuando el abuelo Saturnino se levantó, antes que aclare;
se tomó unos amargos, se empilchó con sus mejores prendas -bombacha tableada
negra, camisa blanca de seda, botas carrugadas, sombrero y pañuelo al cuello
con sus iniciales-, ensilló el moro con el recado chapeado que fuera herencia
de su padre y, al tranco lento, salió rumbo a Cushamen… Don Saturnino no era
hombre de fiestas pero el 25 de Mayo era la Fiesta de la Patria (le habían
enseñado) y aunque él, como tantos paisanos, no tenía bien en claro qué se
festejaba, igual tenía un sentimiento muy respetuoso por esa fiesta que juntaba
a Huincas y Aborígenes.
Con el sol alto, llegó a las afueras de Cushamen donde, de
lejos, ya se escuchaba la música de las “acordeonas” y las guitarras que
animaban la fiesta; y se veían los humitos que se elevaban desde distintos
lugares donde estaban acampados los vecinos que se iban acercando.
Se acercó, al tranco de su moro, hasta la sombra de los
sauces al lado de la escuela; le bajó los cueros para que descanse y lo dejó
con bozal y cabestro para que pastara el verdín del mallincito.
Sus fieles compañeros, el “Gualichú” y el “Pisagua”, se
echaron a cuidar caballo y recado y Don Saturnino rumbeó, tranquilo, para la
cantina, seguro de que mientras sus perros le cuidarían sus pilchas, ningún
paisano borracho se animaría a dormir la mona sobre ellas.
A medida que se acercaba al mostrador improvisado, iba
saludando, con el Mari, Mari Anai, a los paisanos que se acercaban; y así se
encontró con el Celestino Antinao, con el José Cañumil, con el Patricio
Huilinao y con muchos paisanos más que lo saludaban con aprecio y respeto.
No era demostrativo Don Saturnino con sus conocidos pero
cuando lo encontró al Paulino Currumil se le alegró mucho el Piuké porque el
Paulino era su compadre, padrino de su hijo el Primitivo, y además porque con
él habían hecho juntos la conscripción allá en Zapala, antes de que fueran
obligados los aborígenes a salir con sus pilchas y animalitos para esos pagos
de la Colonia Pastoril de Cushamen…
Por eso fue que lo convidó a su amigo y compadre a tomar
unos vinitos clarete, para bajar la tierra del viaje, y conversar un poco de
las cosas del campo y la familia.
Y…sirva una guelta, y sirva otra guelta, la cosa fue que
para la media tarde don Saturnino, siempre tan mesurado y respetuoso, andaba
por la cancha de carreras de caballos con la faja colgando, la bragueta de la
bombacha desprendida, una botella de vino en la mano y en la otra un puñado de
billetes arrugados, apostando a las patas de cualquier matungo flaco los pocos
pesos que le quedaban, ya que había traído la plata de la venta de la lana y de
los cueros para comprar algunos vicios al otro día y llevarlos a su rancho.
Hasta las ganas de comer perdió don Saturnino en las
carreras; perdió el caballo ensillado, la rastra de plata y oro y si no perdió
los perros fue porque nadie le aceptó la parada.
La fiesta siguió toda la noche: baile, guitarras y hasta se
armó una mesa de “pase inglés” donde perdió el poncho y su Catrupeiún cabo de
plata. Y por si fuera poco, se puso camorrero don Saturnino. Le quiso sacudir
las pilchas a un paisano de El Maitén que, sin querer, le pisó las botas
carrugadas. Y por primera vez en su vida, fue a parar al calabozo el viejo aborigen.
Lo llevaron para que se le pase la mona, nada más, ya que los milicos lo
conocían y más de una vez, en sus recorridas por Vuelta del Río, habían
churrasqueado en su rancho.
Ya estaba el sol alto del día 26 cuando salió a la calle,
con la cabeza dolorida, aturdido, sin sombrero; no recordaba nada de lo que
había pasado. Anduvo un rato buscando su caballo, pero sólo encontró a sus
perros que estaban echados a la sombra, esperándolo. Un viejo milico gaucho le
contó cómo el viejo Guentemilla le había ganado el caballo ensillado en la
carrera del azulejo, de Nahuelquir, con el gateado, de Cheuqueta, un paisano de
los pagos de Languiñeo. “Seguro que hubo `garrote`pa sacarle su caballo”, le
dijo el milico a don Saturnino. “Yo le diría que lo vea al viejo Guentemilla,
no es mal perro y, a lo mejor, le hace algún arreglo y le devuelve el moro”.
Le erró feo el milico con su consejo…don Saturnino fue hasta
el rancho, golpeó las manos en la tranquera, lo vio al viejo Guentemilla
adentro pero el que salió fuel el hijo mayor: un vago pendenciero y mal arreado
que le dijo que se deje de joder; que el hombre que juega debe ser buen
perdedor y que, mejor, se mande a mudar si no quería que encima, le pegue una
rebenqueada.
Temblaba de indignación y de impotencia don Saturnino…mocoso
atrevido ¡carajo! ¡Faltarle, así, el respeto! Y, encima, ni cuchillo tenía para
defender su honor, sino capaz que caía en desgracia.
Masticando rabia se fue al tranco, seguido por sus perros,
hasta el rancho del Paulino; lo hizo levantar con las borras de la borrachera,
compartieron un churrasco y unos amargos y le pidió prestado un tobiano flaco
que tenía como “nochero”, encerrado en un potrerito. Recado no tenía mas que
uno, así que se tuvo que ir “en pelo” hasta su rancho. La Claudina lo vio
llegar, montado en el tobiano, todo sucio, sin sombrero, y pensó que había
tenido un accidente. Después, se dio cuenta de lo que le había pasado y, sin
preguntarle nada, lo mandó al Primitivo a devolver el caballo y se puso a
preparar un pucherito con lo que había en el rancho. Mientras, le cebaba unos
amargos a su viejo que no levantaba la vista del suelo.
A la semana faltaba de todo en el rancho: no quedaba harina,
grasa, yerba, así que no le quedó más remedio que acercarse hasta el boliche
del “turco”. Dando vueltas la gorra entre sus manos callosas, le pidió que le
fiara algunos “vicios” hasta que vendiera los chivitos en la primavera. El
“turco” ya sabía lo que le había pasado a don Saturnino, pero se hizo bien el
tonto.- Mirá, don Saturnino…algo le buedo fiar, bero no mucho; eso sí, va a
tener que firmarme un bagaré borque, si no, el contador se enoja conmigo bor
entregar mercadería sin blata y después le cobran la multa a mí.
- Pero no sé firmar, don Julio…
- No importa, don Saturnino. Osté es bersona de confianza
bara mí, amigo. Bonga el dedo en este papel…es suficiente.
El “turco” arrimo la almohadilla de los sellos y le puso el dedo sobre el papel
en blanco. Después le sirvió una ginebra en vaso grande.
-Sírvase, don Saturnino, invita la casa… sírvase otra, si
gusta…Bueno, ya le breparé su bebido y le buse de regalo una lata de durazno
natural bara doña Claudina… y una botella de caña fuerte bara osté, porque ya
se viene el frío.
Otra vez el dedo gordo
Muchos inviernos pasaron sobre las estepas patagónicas desde
aquel fatídico 25 de Mayo en que don Saturnino perdió su poco capital en las
carreras y que cayó en manos del “turco” bolichero…nunca más pudo terminar de
arreglar la cuenta con don Julio. La lana fue perdiendo precio, el lotecito
estaba sobrepastoreado, sin agua por las sequías…y, así, se fue quedando sin
animales. Cada año, el viejo aborigen tenía que poner el dedo gordo de su mano
derecha sobre otro documento en blanco que le preparaba el contador del
“turco”. Y, así, llegó el día en que no le quisieron dar más fiado y le
pidieron que consiga la plata para arreglar la deuda porque sino le iban a
tener que dar cuenta al abogado.
Don Saturnino ya estaba muy viejo y apichonado, por
problemas de salud, como para entender la gravedad del problema; sólo
reaccionó, un poco, cuando lo citó el abogado -desde Esquel- y le dijo que su
lote ya no le pertenecía y que era mejor que se fuera por las buenas y que
aproveche que don Julio era buena persona ya que le iba a dar unos pesitos más,
encima.
¿Adónde iba a ir don Saturnino con su edad, con su vieja y
con su enfermedad a cuestas? ¿De qué podría trabajar si se iba al pueblo, si no
sabía otra cosa que cuidar las chivas, pelar ojos, esquilar a tijera y hacer
algunas sogas con el cuero de algún yeguarizo?
De tristeza -dicen- murió don Saturnino. Desde que volvió de
Esquel -contaban- nunca más salió del campo. Ni siquiera conversaba con su
vieja, compañera de toda la vida.
Tres meses aguantó sola doña Claudina ya que sus hijos se
habían ido, hace mucho, a esos pagos de Dios, en busca de un lugar mejor. Ni
siquiera se enteraron de la muerte de los viejos ya que, en esa época, no
existía el correo, ni la radio y sólo se podían comunicar si llegaba algún
paisano con las comparsas en la época de la esquila.
El campo quedó abandonado ya que también al “turco” le llegó
la hora… “al cielo, seguro que no jué”, decían por lo bajo las viejas vecinas,
“porque dicen que Chachao no recibe a la gente mala allá arriba”.
La historia de este relato
Aquí es donde comienza la historia que motivó este relato;
que quiere brindar un reconocimiento a los muchos Saturninos que poblaron, y
siguen poblando, los coironales resecos donde la Campaña al Desierto, con su
General Roca, los confinó a fines del siglo XIX.
Mauricio Fermín es el nieto de don Saturnino, hijo del
Primitivo que mandó doña Claudina a devolverle el tobiano a Paulino. Llegó con
su mujer -la Eulogia- y un montón de críos de piel color tierra, panzitas
hinchadas por la desnutrición, y armó lo más parecido a un rancho con algunas
chapas viejas y oxidadas y unos postes de sauce.
Traía como ochenta chivos, veinte ovejas sarnosas, una vaca
flaca, cuatro yeguarizas, una buey viejo que le regaló Rapimán porque se le
había muerto el otro y tuvo que vender el carro desvencijado que ya no le
servía ni para leña. Con todo eso, y la esperanza de una pensión que le había
prometido un político, se sentía casi rico el Mauricio Fermín. Carne tenía,
grasa, yerba y harina conseguía cada tanto vendiéndole un capón al
“mercachifle”. ¿Pa´ que más?
Así, dormía tranquilo junto a la Eulogia que, como buena
paisana, era curtida para el trabajo y de poco hablar pero cariñosa con él y
con los chicos. La que no dormía tranquila era la justicia, en Esquel, y menos
ahora que pareciera haber oro y plata entre los cerros de la Vuelta del Río. ¡
Dieciocho milicos llegaron un mañana hasta el rancho del Mauricio…! El estaba
haciendo roncar el mate al lado del fogoncito, pensando en que tenía que salir,
con la fresca, a levantar un poco el alambrado que el buey viejo le había
volteado, rascándose…Uno lo agarró de un brazo; otro, del otro. Lo palparon de
armas, como corresponde, y por seguridad le pusieron las esposas en las muñecas
flacas y renegridas…¡ Pueden ser peligrosos estos indios de mierda…y a la
vieja, también asegúrenla bien, ahí…en la puerta! Dijo el oficial que llevaba
adelante el operativo Desalojo Vuelta del Río.
Le sacaron las pilchas y las pertenencias; las tiraron
afuera del alambre, ataron al buey flaco con una cadena al parante del ranchito
y, de un tirón, se lo voltearon mientras otros desarmaban la quintita donde la
Eulogia tenía sembradas algunas verduritas. Cosa de que no le quedaran ganas de
volver.
La Eulogia se les escapó arrancando de un tirón el palo de
la puerta y, a pesar de sus años, no la pudieron alcanzar. Avisó en el galpón,
y vecinos que habían visto pasar a la policía, se arrimaron a ver que había
pasado. Le dieron agua al Mauricio y le ayudaron a juntar las pilchas revolcadas.
Y como si fuera un mensaje de Futachao, ante tanta desgracia, entre las pilchas
apareció el retrato, pintado al óleo, del abuelo Saturnino que, con una sonrisa
de paisano bueno, parecía decirles
¡PACENCIA HIJO, PACENCIA…
EL LAZO SIEMPRE SE CORTA
POR LO MAS DELGADO!
Edmundo Daniel Jíos