Seis de la mañana y suena el despertador. Hoy toca
levantarse bastante más temprano que de costumbre. Está un poco fresco, pero el
pronóstico anuncia un gran día y no puede ser para menos: voy a vivir una de
las mejores experiencias que tiene la Capital Nacional del Turismo Aventura.
Cerca de las ocho y media ya estoy en "El Galpón"
de Extremo Sur. Algo así como la juguetería perfecta de cualquier amante de los
deportes de este estilo. Balsas, remos, chalecos salvavidas, trajes de
neoprene, kayaks de río, de travesía, cortos, largos y de todos los colores le
dan vida a este lugar donde también funcionan sus oficinas comerciales.
Los guías van llegando y puedo ver el detrás de escena del
día a día y el lado B de una actividad turística que no siempre se muestra. Ser
guía no es ser solamente ese tipo canchero siempre bronceado que tan simpático
le cae a todas las mujeres y que despierta la envidia de más de uno pensando:
"¡mirá el trabajo que tiene éste!"
Ser guía también es hacer una labor administrativa, estar
siempre con una sonrisa, ser simpático con todos y todas sin importar si estás
cansado o no, inflar y cargar balsas, sacar fotos, estar atento a que nada
salga mal, repetir una y otra vez la flora y fauna del lugar, tomar mucho mate
y remarla (literal) todos los días en el medio de un paisaje hermoso y único.
Nueve y veinte pasa a buscarnos la camioneta y somos nueve
personas en total: seis pasajeros de Argentina, Chile y EE .UU., el chofer Hugo
y los guías Chasky y Bauer. Tenemos poco más de 100 km hasta bordear el río y
para llegar agarramos la Ruta 40 rumbo al sur, dejando atrás los lagos
Gutiérrez, Mascardi y Guillelmo.
A 70 km al sur de Bariloche llegamos a Villegas donde tras
cruzar el río del mismo nombre dejamos la 40. El ripio de la Ruta 83 nos da la
bienvenida y dificulta un poco el ida y vuelta del mate pero la ronda continúa
sin mayores problemas. De a poco el paisaje va cambiando y se vuelve cada vez
más verde: nos estamos adentrando en los Andes y vemos el cerro Bastión a
nuestra derecha.
Ya siendo las once, bordeamos el río Manso y llegamos a la
Estancia de John donde el desayuno nos está esperando. Nos equipamos en uno de
los viejos galpones de madera y ya con el casco, salvavidas, traje y botas de
neoprene, estamos listos para la aventura.
Una hora después nos encontramos cara a cara con el río. Los
guías ultiman detalles mientras nosotros ajustamos un poco más fuerte el casco
y el chaleco salvavidas. El río corre fuerte, rápido y silencioso.
Escuchamos las charlas de seguridad y procedimientos en el
agua mientras el resto del equipo mira con atención. Ahora sí está todo listo.
Nos subimos a la balsa, enderezamos el rumbo y partimos hacia la frontera.
Tenemos por delante 15 km de puro "¡AAAAH!" (¡agua, adrenalina,
aventura y agite hidráulico!)
Desde la balsa todo se ve diferente. No sólo sobre el agua
sino también desde adentro: en varias secciones uno puede zambullirse y sentir
toda la fuerza del río manteniéndose a flote nada más que con el chaleco
salvavidas.
El Manso tiene su propio pulso y el rafting me lo hace
sentir, pero por sobre todas las cosas, me lo hace respetar. Pienso en lo
ambiguo y lo rápido que se puede pasar de la calma al caos y del caos a la
calma: sin dudas ese es uno de los puntos fuertes de una experiencia que
transita por tantas sensaciones como obstáculos naturales posibles.
Dos horas después ya quedaron atrás los rápidos: el Cajón de
Terciopelo, Agujero de Ozono, Picapiedras, Gritá y Doblá, el Tobogancito,
Garganta Profunda, Éxtasis, Huevo Revuelto, Colmillo y el Internacional.
Una vez en suelo chileno nos está esperando Hugo con la
camioneta y la ropa seca así que atinamos a cambiarnos mientras los guías
separan y guardan el equipo. A nuestro alrededor todo es verde y estamos en el
medio de la cordillera. Las altas montañas nos hacen mirar para arriba tratando
de guardar cada detalle en el cajoncito de los recuerdos. Hay algunas
construcciones de madera, me acerco hasta una que tiene una bandera chilena
flameando y me encuentro con un detalle muy particular: ¡esta casa tiene en el
medio de su jardín el hito que separa los dos países!
Suena la bocina y con todo en su lugar emprendemos el
regreso. Volvemos a la Estancia de John por un nuevo camino que recorre una
antigua senda de arrieros y al llegar nos encontramos con un sabroso asado
patagónico acompañado por unas ricas ensaladas. ¿Podía ser mejor el día? Sí,
faltaba todavía el postre: una antigua receta familiar de una torta que aún hoy
se sigue respetando de generación en generación y al pie de la letra. El reloj
marca las cuatro y es hora de volver. El termo está listo para unos futuros
mates, se cierra la puerta de la camioneta y partimos hacia Bariloche.
Pasamos los primeros kilómetros y el sol sigue bastante alto
pero de a poco empieza a teñir el paisaje con los cálidos tonos del atardecer.
Así nos despedimos de una tarde intensa en el Manso, un río que de manso no
tiene nada.
Más datos:
www.extremosur.com
Por Andrés Calla
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