Cada 20 de octubre se celebra el Día Internacional del Controlador de Tránsito Aéreo, una fecha que reconoce la tarea de quienes tienen la enorme responsabilidad de ordenar y garantizar la seguridad de las operaciones aéreas. En El Bolsón, esta conmemoración tiene como protagonista a Hernán Cerieldin, jefe del aeródromo local y referente de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC), quien compartió con Noticias del Bolsón su historia personal y profesional, marcada desde la infancia por una profunda pasión por los aviones.
Durante la entrevista, Cerieldin explicó que esta celebración tiene reconocimiento internacional y está vinculada con la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), organismo que establece criterios y normativas comunes para el funcionamiento de la aviación en distintos países.
En este sentido, destacó que el trabajo de los controladores aéreos se desarrolla bajo reglamentaciones internacionales que permiten unificar procedimientos y criterios de seguridad. Esta coordinación resulta fundamental para garantizar que las operaciones aéreas se realicen de manera ordenada, independientemente del país donde se desarrollen.
“La necesidad del control de tránsito aéreo surge cuando empieza a desarrollarse la actividad aérea, sobre todo la actividad aerocomercial, para ordenar el tránsito dentro de los aeropuertos y también dentro del espacio aéreo de los países”, explicó Cerieldin.
Pero detrás de esa responsabilidad profesional también existe una historia profundamente ligada a El Bolsón. Nacido y criado en la localidad, Hernán recordó que su fascinación por los aviones comenzó cuando era apenas un niño.
“A mí siempre me gustaron los aviones de chiquitito. Me acuerdo que mi papá nos compraba las maquetas para armar y armábamos esos aviones que después quedaban sobre un pedestal”, relató con nostalgia.
Sus recuerdos también lo llevaron a su infancia en el antiguo edificio del Juzgado de Paz de El Bolsón, donde vivía su familia debido a que su padre se desempeñaba como juez. Allí transcurrieron buena parte de sus primeros años, mientras su imaginación comenzaba a volar mucho antes de que pudiera subirse a una aeronave.
Por aquellos tiempos, conocer de cerca un avión de gran porte era toda una experiencia. Los Boeing 737 y los gigantescos Jumbo que había observado en el aeropuerto de Bariloche despertaban su curiosidad y alimentaban una pasión que terminaría definiendo su futuro.
El gran cambio llegó cuando tuvo que cumplir con el servicio militar obligatorio. Mientras muchos jóvenes esperaban no ser convocados, Cerieldin recuerda que él deseaba obtener un número que le permitiera incorporarse.
Finalmente, el sorteo le asignó el número 832 y su destino fue la Fuerza Aérea Argentina, una circunstancia que recuerda como una verdadera oportunidad.
Su incorporación se produjo un primero de enero en Neuquén, desde donde comenzó una experiencia que jamás olvidaría. El primer avión al que subió fue nada menos que un Hércules, una aeronave de transporte militar de grandes dimensiones.
“Nos pasearon por medio país en ese Hércules porque iban juntando gente en distintos aeropuertos, como Río Gallegos, Comodoro Rivadavia y Mendoza”, recordó.
Sin embargo, uno de los momentos que quedaron grabados para siempre en su memoria fue la llegada al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Tenía apenas 18 años y aquella noche lloviznaba, una escena que todavía recuerda con claridad.
“Cuando abrieron la puerta de atrás del Hércules, bajamos y lo primero que veo son los Jumbo, los Tristar y los DC-10. Los teníamos ahí, a 20 metros, porque habíamos bajado en el medio de la plataforma”, relató.
Para aquel joven de El Bolsón, que durante su infancia había armado pequeñas maquetas de aviones, encontrarse frente a esas enormes aeronaves significó mucho más que una experiencia militar: fue el encuentro directo con el mundo que siempre había soñado conocer.
A partir de entonces comenzó a profundizar su vínculo con la actividad aeronáutica, adquiriendo conocimientos, experiencia y formación vinculada al control del tránsito aéreo. Durante su trayectoria también acumuló más de ocho meses de intensa actividad relacionada con las operaciones de torre y el manejo de vuelos.
Posteriormente recibió el traslado al aeropuerto de Bariloche, en un viaje que realizó a bordo de un Fokker F-27, sumando nuevas experiencias de vuelo mientras todavía se desempeñaba como soldado aeronáutico.
Aunque durante su juventud también había considerado la posibilidad de estudiar Ingeniería Agronómica, finalmente fue la aviación la que terminó conquistándolo y convirtiéndose en su profesión.
Con el paso de los años, aquella pasión infantil se transformó en una carrera que lo llevó a asumir responsabilidades dentro del ámbito aeronáutico, hasta llegar a desempeñarse como jefe del Aeródromo de El Bolsón, una función que combina con su experiencia como controlador aéreo.
Durante la charla también quedó reflejado su compromiso con la actividad aeronáutica local, no solamente desde las tareas específicas de control y coordinación, sino también desde el acompañamiento y la asistencia a quienes forman parte de este ámbito.
Consultado sobre si cambiaría su historia y elegiría otro camino profesional, su respuesta fue inmediata: “No, no, la verdad que no. Creo que no”.
Sus palabras resumen una vida dedicada a una actividad que comenzó como un juego de infancia, continuó con la experiencia inolvidable de subir a un Hércules de la Fuerza Aérea y se consolidó con décadas de vinculación con el mundo aeronáutico.
En el marco del Día Internacional del Controlador de Tránsito Aéreo, la historia de Hernán Cerieldin permite reconocer no solamente la importancia de una profesión esencial para la seguridad de la aviación, sino también el valor de quienes encuentran en su trabajo una verdadera vocación.
Una historia que comenzó entre pequeñas maquetas de aviones en El Bolsón y que, muchos años después, continúa estrechamente ligada al cielo y a la actividad aérea de la región.

