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27 oct 2011

De un año a esta parte

La anécdota la contó Víctor Hugo Águila aquella tarde en que nos juntamos unos cuantos en la plaza Pagano para tributar un recuerdo “sin careta” a Néstor Kichner, recién fallecido. Por Francisco Villalonga
“Esta mañana estaba censando en una casa humilde cuando salió la noticia por la radio. La mujer me dijo que su familia no era peronista, pero se quebraron. Ya no pudimos seguir con el trámite”, aseguró con la voz quebrada por la emoción.

Es que ese “Pingüino del sur”, después de Perón y en muchas décadas de historia argentina, fue el primero en reivindicar a las minorías (los pobres “de toda pobreza”, los pueblos originarios, los gays y lesbianas, los derechos humanos, las Madres y las Abuelas, los inmigrantes de los países limítrofes). Pero, sobre todo, fue el ex presidente quien convenció a las nuevas generaciones de la importancia de la participación, del compromiso, de la militancia.



“Así como el general alguna vez acercó a los laburantes a la política, Néstor se encargó de mostrar a los jóvenes que no todos eran malos y que el camino valía la pena”, valoró entre copas el “tordo” referente de Kolina, de Lago Puelo.

La prueba cabal se vio en su velorio, ¿se acuerdan?: la cantidad de pibes que pasaron por frente del cajón en la Casa Rosada, en las calles, en el cementerio de Río Gallegos. Seguro que con el dolor de haber perdido a un padre, al conductor, pero con los cantos propios de la juventud, con los gritos de apoyo a Cristina, con la bronca contenida y la impotencia de no poder patear (a la vez) a la oligarquía que ya sobrevolaba la Casa Rosada para dar un zarpazo a los derechos conquistados a fuerza de sangre y coraje.

Las escenas que trasmitió la tele por tres días me hicieron acordar a esas imágenes de posguerra, con centenares de chicos huérfanos caminando a la deriva buscando a sus padres. Claro que en estos tiempos la cibernética nos permitió encontrarnos más rápido y a través del faceboock, del twiter, del chat nos fuimos dando abrazos para calmarnos tanta tristeza.

Desde algún lado, un pibe de solo 13 años me pidió que le dijera “que ya iban a dejar de cagarse de risa los que estaban disfrutando con la muerte de Néstor Kirchner”. “La rabia me estalló cuando un gorilón de la contra me dijo: ‘un chorro menos’”, se metió otro.

No faltaron un par de amigos (de los que peinan canas) que hasta se acordaron de la dictadura militar: “Que el bizco les haya hecho bajar el cuadro a los milicos, no se la perdonan más”.

Enseguida apareció lo fáctico: “Cristina tiene ovarios y va a resistir”. “Acordate que ya dijimos nunca más, no va a volver a pasar”, nos confortabamos.

“Ahora –pregunté por aquellos días tan lejanos al 54%-, ¿tenemos derecho a tirarle todo el fardo a la Presidente, sabemos si va a salir con la entereza suficiente para ponerse el proyecto al hombro? No nos olvidemos que es muy de argentinos poner las culpas y las responsabilidades en el otro…, total, si fracasa, lo puteamos y lo cambiamos sin ningún miramiento”.

Entonces, la “Gallega” me puso los puntos: “Sí, va a poder. Porque es la Presidente, porque en vez de tetas tiene otros dos ovarios, y sobre todo, porque es mujer”…, y me callé.

El 1 de julio de 1974, cuando iba a segundo año en la Escuela Normal de Esquel, me tuve que comer los mocos y aguantarme los gritos de alegría de un profesor por la muerte del general Perón; ahora no pienso hacerlo y creo que tampoco hace falta.

La prueba cabal estuvo ayer en el acto de inauguración de la plazoleta, con el busto de Bertedor. Estaban todos: justicialistas, radicales, vecinalistas, cooperativistas, sindicalistas, pastores y curas. Los conté, les miré la cara y me fui tranquilo.


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