Por primera vez, un grupo de investigación logró describir pormenorizadamente los senderos que recorren los ratones que transmiten el hantavirus. La información obtenida revela aspectos desconocidos del comportamiento del animal que pueden ser relevantes para la prevención de la enfermedad.   POR  




“Hasta ahora, veníamos estudiando cuál es la época del año en la que hay más abundancia de estos ratones, por qué lugares se encuentran en mayor cantidad, cuál es el porcentaje de los ratones que portan el virus y, también, cuál es el genotipo del virus, para ver si es transmisible o no al ser humano. Pero siempre nos faltaba el dato que complementaba todos nuestros estudios, que era saber en detalle por dónde se mueven estos roedores”, comenta Isabel Gómez Villafañe, investigadora del CONICET en el Laboratorio de Ecología de Poblaciones (LEP) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.
Desde hace más de una década, Gómez Villafañe y su grupo de investigación estudian la abundancia, la distribución y el comportamiento de algunas poblaciones de roedores. En particular, ciertos ratones silvestres que pueden transmitir el hantavirus. Sus investigaciones están mayormente focalizadas en los parques nacionales y otras áreas protegidas de la provincia de Entre Ríos, una de las regiones del país con mayor número de casos de síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), una enfermedad grave: según la Organización Mundial de la Salud, “la tasa de letalidad puede alcanzar el 35-50%”.
El año pasado, el equipo de investigación reunió la información recopilada durante todos estos años y la relacionó con variables climáticas, ambientales y poblacionales, y con los casos de SPH ocurridos entre 2004 y 2015 en la provincia de Entre Ríos. De esta manera, elaboraron un mapa de riesgo de ocurrencia de SPH que contribuye a potenciar las acciones de vigilancia y control de la enfermedad.
Ahora, diseñaron un estudio que les permitió obtener la información que les faltaba: “Hicimos un seguimiento de los individuos para ver por dónde se movían, qué área abarcaban y, también, si abarcaban el estrato vertical o solamente iban caminando por el piso”.
Los resultados del estudio, publicados en la revista científica Zoonoses Public Health,  revelan aspectos desconocidos del comportamiento del animal que pueden ser relevantes para la prevención de la enfermedad. El trabajo se realizó en cuatro islas del Delta del Paraná y la especie estudiada fue el Oligoryzomys flavescens, un ratón colilargo que funciona como reservorio de tres genotipos de hantavirus. “Es el transmisor de hantavirus en las provincias de Buenos Aires y Entre Rios”, acota Gómez Villafañe.
Los hilos de la transmisión
Los humanos podemos infectarnos con el hantavirus por la inhalación de las partículas virales suspendidas en el aire (aerosoles) provenientes de la saliva, la orina o las heces que dejan en su camino los ratones infectados por el virus. Por lo tanto, conocer en detalle los lugares por los que se desplazan estos roedores es crucial para comprender los procesos de dispersión del patógeno y prevenir la infección humana.
Hasta ahora, las investigadoras e investigadores del LEP determinaban la localización de los ratones mediante el uso de trampas. Pero, si bien este método da información sobre lugares puntuales por los que anda el ratón, nada dice de sus recorridos.
Por eso, ahora decidieron complementar esa información con otras dos técnicas. Por un lado, la radiotelemetría: se les coloca radio-collares a los animales -cada collar emite señales en una frecuencia diferente- y se sigue a cada uno con una antena. “Es una técnica que permite seguir a los animales durante mucho tiempo y, así, saber cuál es la distancia que recorren. Pero tiene la desventaja de que no da información acerca de si el animal trepa o no, porque informa el lugar pero no la altura”, explica Gómez Villafañe, y añade: “Además, requiere un esfuerzo físico muy grande, porque hay que seguir las señales durante el día y la noche a lo largo de varios días seguidos. Nosotros decidimos buscar y registrar las señales cada dos o tres horas”.
Ahora tenían más puntos en el mapa, pero todavía les faltaba precisar un poco más por dónde andaban los ratones. Para completar los datos que necesitaban, se valieron de otra técnica: a los animales les pegaron en el lomo un hilo delgado de nylon de 220 metros de largo y ataron el otro extremo a la rama de un árbol. Cada carretel de hilo tenía pintado un color distinto, de manera de poder diferenciar los recorridos individuales. “Es un método que no permite saber la distancia total caminada por el animal, porque el hilo tiene una longitud limitada y se suelta del dorso del ratón cuando éste supera los 220 metros. Pero esta técnica tiene la ventaja de dejar marcado el recorrido exacto por donde pasó el individuo”, señala la investigadora, y cuenta: “Cuando uno empieza a seguir los hilos es como que se abstrae de todo el resto del ambiente, porque de golpe es como que dentro de la vegetación se abre un mundo nuevo: vemos hilos verdes cruzando con rojos, cruzando con azules, y ahí te das cuenta de que son distintos individuos y que todos comparten los mismos caminos. El método tiene un nivel de detalle que hasta ahora no conocíamos. Nos permitió reunir muchísima información novedosa”.
Caminos sorprendentes
El trabajo permitió comprobar que esta especie de ratón pasa la mitad de su tiempo caminando por la altura. Foto: Matías Almeida (Guardaparque de APN).
El trabajo permitió comprobar que esta especie de ratón pasa la mitad de su tiempo caminando por la altura. Foto: Matías Almeida (Guardaparque de APN).
Un resultado que sorprendió al grupo de investigación fue el descubrimiento de que su área de acción abarca casi dos hectáreas: “Es un ratón chiquitito, por lo cual pensábamos que su recorrido era mucho menor”, dice Gómez Villafañe, y advierte: “Esto significa que un individuo que porta el virus podría infectar un ambiente de dos hectáreas a su alrededor, lo que es algo a tener en cuenta para las acciones de control”.
También provocó asombro la comprobación de que esta especie de ratón pasa la mitad de su tiempo caminando por la altura: “Anda por las enredaderas y llega a trepar árboles hasta los cuatro metros de altura; encontramos nidos a dos metros del suelo”. Según la investigadora, este hallazgo indica que “las heces, la orina y la saliva del ratón pueden estar a la altura de la cara cuando una persona camina entre la vegetación”, y consigna: “Muchos lugareños cuelgan sus herramientas de trabajo y sus alimentos en las ramas pensando que los ratones no llegan ahí, pero ahora comprobamos que esto no es así”.
Uno de los resultados más significativos de la investigación fue el hallazgo de que los ratones infectados con el virus no muestran diferencias en sus recorridos respecto de los animales no infectados. “Hay estudios en los Estados Unidos con otra especie de ratón que transmite el hantavirus que muestran que los animales infectados se mueven menos, como si el virus les ocasionara algún perjuicio en la salud. Pero nuestro trabajo con Oligoryzomys flavescens no solo muestra que el virus no afecta sus desplazamientos sino que, además, los ratones sanos y los que portan el virus tienen una gran superposición en su recorrido diario, todo lo cual hace suponer que hay una gran probabilidad de transmisión del virus entre ellos”, advierte la investigadora.
El estudio también permitió confirmar que la actividad de los ratones se concentra en los horarios nocturnos: “Se mueven desde las siete de la tarde hasta las siete de la mañana, con un pico de actividad entre las nueve y las once de la noche”.
Para Gómez Villafañe, profundizar en el conocimiento acerca del comportamiento de estos roedores es esencial para comprender la transmisión del virus, tanto dentro de la población de ratones como entre esos animales y el ser humano.
“Para poder entender una enfermedad y poder tomar las medidas precautorias hay que tener una mirada integral. Hay que conocer tanto el reservorio como el ambiente donde habita y cuáles son los factores ambientales que lo favorecen. También hay que saber cómo interviene el humano en ese contacto entre el hospedador y el virus. La salud no depende solamente del virus o del hospedador, sino también de un montón de factores que se relacionan”.
El trabajo publicado en Zoonoses Public Health está firmado por Malena Maroli, Belén Crosignani, Carlos Piña, Rocío Coelho, Valeria Martínez e Isabel Gómez Villafañe.

Cuidados

Al no existir una vacuna, la única forma de controlar la enfermedad es prevenirla. Para ello, hay que evitar el contacto con los roedores y sus excretas (heces y orina). El mayor problema son los denominados “aerosoles”: “La orina se seca y no se ve y, al barrer el piso o al caminar entre la vegetación, puede ‘levantarse’ como polvillo y ser respirada”, ilustra Gómez Villafañe. Por eso, en lugar de barrer, se recomienda baldear con una solución de lavandina. También es importante mantener bien cerradas las viviendas y galpones para que el ratón no pueda entrar, y cortar el pasto que rodea las viviendas: “El ratón no se anima a caminar por los lugares donde no hay mucha vegetación”. Y para quienes deben hacer su trabajo en lugares muy vegetados se indica el uso de barbijo. Por otro lado, como el virus se inactiva con la luz ultravioleta de la radiación solar, es conveniente no andar por las áreas de riesgo durante las primeras horas de la mañana: “Conviene esperar a que la luz solar actúe”. Para quienes acampan, la recomendación es mantener la carpa cerrada y ubicada lejos de los arbustos y matorrales, en un lugar que reciba sol en algún momento del día.

Síntomas

El síndrome pulmonar por hantavirus presenta síntomas similares a los de un estado gripal: fiebre, dolores musculares, escalofríos, dolor de cabeza, náuseas y vómitos. Si una persona se encuentra en una zona endémica y presenta algunos de esos síntomas debe concurrir inmediatamente a un hospital.









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