Distintos grupos de danzas y músicos de El Bolsón recrearán el trágico hecho que conmemora la muerte de un joven arriero en la meseta rionegrina, en diálogo con noticias del Bolsón Valeria Inostroza, Silvana Garach y Jorge Sánchez, comentaron Cómo será la temática de este audiovisual que se estrenará en concordancia con otros realizados en distintos puntos de la provincia.
El festival “Camino a la Pasión del Maruchito”, organizado por el IUPA, recorre la provincia y este año se conmemoran 101 años del hecho y la sede es El Bolson, se realiza en forma de audio visual con grandes artistas folclóricos locales de la música y el baile, se emitirá por el Facebook de la Municipalidad y el YouTube del IUPA.

Los maruchos eran los peoncitos que se ocupaban de las tareas menores cuando hacían noche: juntar la leña, prender el fuego, dar agua a las mulas. Hace 100 años, Pedro Farías tomó la guitarra del capataz Onofre Parada, que se lo había prohibido: lo mató de dos puñaladas. Tenía 12 años, en virtud de esta situación se ha generado toda una mística en rededor del Maruchito y su trágica muerte el IUPA realiza una recorrida artístico año a año por toda la provincia, este año la sede es el Bolson y la profesora de danzas Silvana Garach nos cuenta como será la puesta, “este año teníamos la posibilidad de ser sede en El Bolsón, habíamos comenzado a ensayar con los compañeros de las de todos los grupos de folklore más los músicos pero por el tema de la pandemia y el momento de un pico de casos de Covid, tuvimos que dejar de ensayar y retomamos hace una semana, entonces por este motivo no pudimos ser sede y lo que nos ofrece el IUPA es tener la participación con el vídeo y las producciones que hagamos en la pasión del Maruchito en el festival central”, explico Garach.
Mas adelante el musico Jorge Sánchez explico: “el fenómeno de los santos populares es una cuestión que todas las culturas lo tienen, lo que ha propuesto el instituto universitario de la Patagonia más allá de la entronización popular y de las cuestiones de las manifestaciones que provoca esta acción entre cultural y religiosa es la posibilidad de recrear, de manera artística, este hecho que así sea llamado la pasión del Maruchito”.
“En el caso de El Bolsón se ha convocado a través de cultura a una serie de artistas que el hecho principal obviamente es el video que va a recrear las escenas de folklore, y en el caso de nosotros como músicos con César Salinas estaríamos siendo un poco el residual de Tahiel,  haciendo un aporte musical que todavía está por definirse exactamente como será, obviamente será con un video y después en lo personal aportaré un mínimo fragmento de instrumental para la banda sonora de este trabajo que están haciendo los profesores”, sostuvo Sánchez.
Seguidamente Valeria Inostroza destaco que si bien ya vienen trabajando restan filmar las escenas que serán ambientadas en Mallín Ahogado, “vamos a hacer varias escenas, estamos trabajando con todo lo que es la procesión, todo en el momento donde se asientan,  y pasa este hecho de lo que ocurre con el Maruchito, vamos a volcar todo esto lo van a llevar el IUPA para poder editarlo bien para que esté bien presentado y el 12 de diciembre creo que se va a presentar después nosotros podremos mostrarlo acá y de hecho será una buena presentación del trabajo que estamos haciendo un conjunto con distintos grupos de danzas, los músicos, la gente que seguramente se va a sumar como en este caso el vecino que nos va a prestar el carro con los bueyes, las cosas que sean necesarias para lograr un buen audiovisual”.
Finalmente, Silvana Garach destaco la colaboración del grupo de audiovisuales de la universidad de Rio Negro que trabaja con ellos en las puestas y escenas que se están realizando. 
La historia contada por Juan Raúl Rithner y Ana María Menni
Era el año 1919 en el norte de la Patagonia. Los carreros, solos o en tropa para protegerse entre ellos, cargaban sus carros tirados por mulas con las mercaderías que se traían por el Ferrocarril del Sud hasta la actual ciudad de General Roca y después cruzaban el río Negro con la balsa de Córdova o la de Farrés rumbo a los parajes de la Línea Sur. Estos recorridos duraban entre 30 y 60 días. Los carreros llevaban con ellos a chicos paisanos de entre 9 a 16 años para que les atendiesen los animales, les cebasen mate, buscasen leña y los ayudasen a cargar y descargar. Se los llamaba «maruchos». Consideraban pagas sus tareas con la comida y la enseñanza del oficio.
Aquel 1919 era violento y convulsionado en la Argentina. Protestas obreras (y de empleados de comercio, de escritorio y del Correo) contra el débil gobierno de Yrigoyen y Luna, presiones de la oligarquía porteña que se extendían por todo el país a través de la Liga Patriótica y organizaciones juveniles similares legitimadas para actuar con violencia contra los reclamos y en forma especial contra los inmigrantes y los anarquistas, el asesinato de cincuenta obreros por la Policía en
Buenos Aires... En mayo de este 1919, en Neuquén, capital desde 1904, también hay manifestantes y protestas.
El 26 de octubre, a dos leguas de Barda Colorada, en el puesto de Repunte, cerca de Aguada Guzmán, se detiene una tropa de carreros que comanda un tal Onofre Parada.
Mucho frío, aire cortante, cielo grande, fuego y puchero en común.
Luego del fogón, guitarras y vino compartidos, llegan el sueño y la calma helada de una noche de luna llena a rabiar.
Pedro Farías, Pedrito, el marucho Pedrito ve dormido al patrón y se levanta sin hacer ruido. (Una versión dice que tomó un pan porque se había quedado con hambre; otra asegura que fue una torta frita).
Lo que más ha trascendido es que Pedrito va hasta el carro, lo destapa con cuidado, toma la guitarra del patrón, se aleja unos metros con ella y empieza a rasgarla y a cantar, muy poco por lo bajo, una antigua canción.
Despierta el dueño del carro y, al verlo, se enfurece. Pedro no alcanza a reaccionar. El patrón se ha arrojado sobre él con un cuchillo en la mano.
- Le canto a mi madre... Me mira desde arriba. Desde esa estrella, me mira...
Y no dice más. No puede decir más. No alcanza a decir más.
El patrón lo acuchílla una, dos, tres, siete veces hasta desangrarlo.
- ¡Para que aprendás a hacerme caso, marucho e’porquería!
Pedrito cae sobre la tierra fría y sobre la guitarra que se ha quebrado contra el suelo, sola, callada para siempre.
Despiertan los carreros. Dos de ellos (sólo dos) llevan al niño hasta donde vive la curandera chilena Catalina Rieuser. Nada puede hacer la mujer contra la Muerte. Los otros carreros, preocupados por salvar al asesino de posibles juicio y castigo, lo escoltan hasta de la frontera con Chile.
Entierran al niño en el mismo lugar donde fue muerto y dejan una cruz de palo sobre su tumba antes de partir.
Se empieza a hablar del niño muerto. En los rústicos mostradores de las fondas. En los puestos de las tierras al sur del sur. En los fogones. En la balsa que cruza el río Negro. De Pedro Farías se habla. De Pedrito, el Marucho, el Maruchito, el ángel de los caminos...
Alguien, una noche cualquiera, ve una luz cerca de la tumba.
Muchos le piden alivio para sus penas. Otros creen ver la sombra del tropero, de rodillas, en noches de insolente luna llena. Muchos oyen rasguidos de guitarra en el aire de las noches claras de Barda Colorada.
Los paisanos le levantan una ermita de barro en 1924. En el ‘36, se le construye una más grande: El bandido Carlín merodea la zona donde los Silfeni tienen un almacén. María Yunes, la esposa, está sola. Temerosa, reza al angelito y le pide protección prometiéndole construirle una ermita más digna para su tumba. Los bandidos piden tabaco y alimentos, y parten, respetando mujer y propiedad. María Yunes cumple y la ermita es hoy lugar de plegarias, reverencias y homenajes.
Continúan los comentarios de los milagros del peoncito asesinado. Desde localidades y parajes lejanos, se acercan cada vez más creyentes con ruegos y agradecimientos. Los últimos carreros y su herencia, los camioneros, empiezan a desviarse de sus rutas para visitar la ermita y pedir protección para concretar un buen viaje. Pasan los años y continúan las curaciones de niños y «daños», los recuperos de ganados perdidos, los reencuentros con lo que ha sido robado, la protección a los viajeros.
Se lo empieza a sentir y a nombrar como a un santo, como a un mediador, como al angelito de los caminos. Pasan los años y más se cree en él. Su historia se cuenta mientras se anda en los caminos.
Ya no hay carreros, pero sí camioneros y colectiveros y automovilistas y ellos no cesan de hablar de él y de su historia. Cada vez son más quienes lo conocen y respetan. Nadie, sin embargo, recuerda el nombre del asesino.
En Barda Colorada, por las noches, especialmente las de luna llena, el rasguido de una guitarra atraviesa el viento. Es el comienzo de la canción que intentaba cantar a la memoria de su madre, Pedrito, Pedro, Pedro Farías, el Maruchito de Río Negro.












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