El planeta continúa mostrando señales de su permanente actividad geológica y, frente a las noticias sobre terremotos, volcanes y fenómenos asociados al cambio climático, vuelven a aparecer interrogantes sobre lo que sucede a escala mundial y, particularmente, sobre los posibles efectos para la región cordillerana. Para abordar estos temas, dialogamos con el geólogo Agustín Quesada, titular del Geomuseo de El Bolsón, quien llevó tranquilidad respecto de un supuesto incremento de los grandes terremotos, aunque recordó que El Bolsón se encuentra dentro de una zona de sismicidad moderada y advirtió sobre otros fenómenos naturales que deben ser tenidos en cuenta, como los flujos de detritos.
Quesada explicó que en los últimos tiempos se conocieron numerosas noticias vinculadas con la actividad de un planeta que, por su propia naturaleza, se encuentra geológicamente activo. En ese contexto mencionó recientes movimientos sísmicos registrados en sectores vinculados a la cordillera de los Andes, entre ellos Venezuela y Colombia, que generaron consultas y análisis entre especialistas.
Sin embargo, el geólogo fue enfático al señalar que no existen elementos estadísticos suficientes para afirmar que los grandes terremotos estén aumentando su frecuencia a nivel mundial. Explicó que existe un registro sísmico sólido que permite realizar comparaciones y que, en promedio, se producen alrededor de 15 terremotos de gran magnitud por año.
Según indicó, puede ocurrir que varios eventos importantes se concentren dentro de un período relativamente corto y esto genere la percepción de que existe un incremento extraordinario de la actividad. No obstante, señaló que el Servicio Geológico de los Estados Unidos, uno de los organismos internacionales que recopila y analiza este tipo de información, ha descartado que exista actualmente un aumento estadísticamente significativo en la frecuencia de los grandes terremotos.
La explicación resulta particularmente importante para una región como la Comarca Andina, ubicada en cercanía de volcanes y estructuras geológicas activas. Quesada recordó que, de acuerdo con la clasificación del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), esta zona se encuentra dentro de una categoría de sismicidad moderada.
“No es la parte norte de Mendoza y San Juan, que es la zona de mayor sismicidad en Argentina”, explicó, aunque aclaró que en la región se han sentido y continúan registrándose recurrentemente movimientos de baja o moderada intensidad.
En ese sentido recordó el enorme terremoto de Valdivia de 1960. Si bien el epicentro se encontraba a cientos de kilómetros, el movimiento tuvo una intensidad considerable en El Bolsón y quedó grabado en la memoria de numerosos pobladores de la zona.
Por esa razón, sostuvo que es necesario asumir que se vive en un territorio con sismicidad moderada y mantener las medidas preventivas correspondientes. Entre otras recomendaciones mencionó la necesidad de mantenerse alejados de elementos que puedan caer durante un movimiento importante y prestar atención a los sistemas de alerta que actualmente también pueden llegar a través de los teléfonos celulares.
Quesada aclaró que esto no significa que deba esperarse necesariamente un terremoto de gran intensidad en El Bolsón, pero sí que los movimientos moderados forman parte de las características naturales de la región y pueden repetirse.
Otro de los temas abordados fue la relación entre la actividad humana y determinados movimientos sísmicos, particularmente a partir de la utilización de la técnica de fractura hidráulica o fracking para la extracción de hidrocarburos.
El especialista descartó algunas de las teorías más extremas que circulan alrededor de la extracción de petróleo, pero reconoció que existe evidencia científica sobre un incremento de la sismicidad local de baja intensidad asociado a determinadas actividades extractivas.
Quesada destacó que el desarrollo del fracking está permitiendo un importante crecimiento de la producción argentina de hidrocarburos, aunque también presenta impactos que deben ser estudiados. Entre ellos mencionó publicaciones que muestran un incremento de la sismicidad local en sectores del norte neuquino.
Por ese motivo también se incrementó la necesidad de contar con más sismógrafos que permitan registrar con mayor precisión estos movimientos. De todas maneras, aclaró que hasta el momento se trata fundamentalmente de sismos de baja intensidad y que la situación no puede considerarse alarmante.
El geólogo explicó además que cuando se habla de sismicidad vinculada al fracking no significa que exista una intención de provocar terremotos. La técnica implica intervenir las formaciones rocosas mediante la inyección de materiales y fluidos, lo que puede favorecer pequeños movimientos en fallas existentes y traducirse en un aumento de la sismicidad local asociada al propio procedimiento de extracción.
Pero uno de los puntos sobre los que puso especial énfasis fue otro fenómeno geológico: los denominados flujos de detritos. A partir de acontecimientos registrados en regiones montañosas como Nepal y el Tíbet, explicó que, aunque las dimensiones de aquellas montañas son muy diferentes a las existentes en la Patagonia, la Comarca Andina también presenta condiciones para que puedan producirse este tipo de eventos.
Recordó antecedentes registrados durante 2017 en el Valle del Turbio y mencionó también episodios en sectores como Cuesta del Ternero. En ese sentido advirtió especialmente sobre la ocupación de sectores bajos y planicies de inundación, ya que son espacios naturalmente expuestos tanto a crecidas como al desplazamiento de materiales provenientes de las montañas.
Para explicar qué es un flujo de detritos, Quesada señaló que las rocas expuestas en las montañas sufren permanentemente los efectos de los cambios de temperatura, las lluvias, el agua, el hielo y otros procesos naturales. Con el paso del tiempo, el macizo rocoso se degrada y fragmenta en pequeños pedazos de material: esos fragmentos son los denominados detritos.
Ese material puede acumularse durante años en las cabeceras y laderas de los valles hasta que determinadas condiciones provocan su movilización. Una lluvia de gran intensidad puede ser uno de los desencadenantes, pero también puede ocurrir durante la primavera cuando existe una importante acumulación de nieve y coinciden días cálidos con precipitaciones.
La combinación del agua de lluvia con el rápido derretimiento de la nieve puede movilizar enormes cantidades de sedimentos, piedras y otros materiales acumulados. Quesada utilizó una comparación sencilla para explicar el proceso: algo similar a lo que sucede cuando se agrega agua al mate y la yerba se levanta y comienza a desplazarse. En la montaña, el agua puede movilizar los detritos acumulados y generar un flujo pendiente abajo.
En algunos lugares estos fenómenos son conocidos popularmente como “volcanes”, aunque técnicamente no tienen relación con una erupción volcánica: se trata de flujos de detritos que descienden por quebradas y valles.
El análisis del especialista deja así dos conceptos centrales para la región. Por un lado, no existen actualmente datos que permitan afirmar que los grandes terremotos estén aumentando de manera extraordinaria en el planeta. Por otro, vivir en una zona cordillerana implica reconocer que la sismicidad moderada, la presencia de volcanes y fenómenos como los flujos de detritos forman parte de la dinámica natural del territorio.
Más que generar alarma, Quesada remarcó la importancia de conocer estos procesos, mantener los sistemas de observación y prevención y, especialmente, prestar atención a la forma en que se ocupan las zonas bajas, los valles y las planicies naturalmente expuestas a inundaciones y desplazamientos de materiales.

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