Mapas dibujados a mano, acuarelas guardadas como tesoros y un amor profundo por la montaña que atraviesa generaciones. Juan Pablo Venzano, nieto del doctor Rodolfo Venzano, comparte recuerdos cargados de emoción y memoria, en el marco del reconocimiento a una figura fundamental de la historia local.
Hay legados que no se miden en años, sino en huellas. Huellas que quedan marcadas en la tierra, en los caminos de montaña y también en la memoria familiar. Cuando Juan Pablo Venzano cierra los ojos y piensa en su abuelo, el doctor Rodolfo Venzano, no aparece una sola imagen: aparecen muchas. Demasiadas para resumirlas en una sola palabra.
“Hay un montón de cosas”, dice, casi como quien abre un viejo baúl lleno de historias. Y empieza a enumerar: mapas, libretas repletas de dibujos, acuarelas originales, fotografías, postales hechas a mano. Un universo creativo y sensible que revela otra faceta del médico, más allá de su rol profesional.
Rodolfo Venzano no solo fue un hombre comprometido con su tiempo y su comunidad. También fue un observador minucioso del paisaje. Dibujaba mapas, los coloreaba con acuarelas, registraba con su cámara aquello que lo rodeaba. Algunas de esas obras todavía se conservan en la familia.
“Mi hermano tiene libretas llenas de mapas, dibujos. También tenemos acuarelas originales guardadas, que todavía tenemos que enmarcar”, cuenta Juan Pablo. Son piezas únicas, no solo por su valor artístico, sino porque condensan una forma de mirar la montaña, el territorio y la vida.
El reconocimiento actual a la figura del doctor Venzano tiene, para la familia, un sabor especial. No solo por el homenaje en sí, sino porque llega en un momento clave.
“La verdad que tantos años… se estaba perdiendo. Se estaba perdiendo con el pasar de las generaciones”, reflexiona Juan Pablo. Hoy él es nieto, pero ya está su hijo, y también su nieta. El tiempo avanza y, con él, el riesgo de que las historias se diluyan si no se las nombra, si no se las cuenta.
Por eso, este reconocimiento aparece como una forma de recuperar, de volver a poner en valor un legado que nunca dejó de estar, pero que necesitaba ser recordado colectivamente.
Juan Pablo vive hoy en un terreno que perteneció a su abuelo. No es un dato menor. Es, quizás, la expresión más concreta de ese legado.
“Yo vivo acá, en un terreno que nos dejó él. Lo hemos defendido a toda costa”, dice, y la frase pesa. Habla de lucha, de resistencia, de trabajo sostenido en el tiempo. “A pulmón, hombro, sudor, lágrimas”, resume.
No se trata solo de una herencia material, sino de una forma de estar en el mundo: el arraigo, el esfuerzo colectivo, la defensa de lo propio.
Juan Pablo lo dice casi sin decirlo: ese amor por la montaña se mama desde chico. Se aprende mirando, caminando, escuchando historias familiares. Y se transmite, como un hilo invisible, de generación en generación.
Hoy, al recordar a su abuelo Rodolfo Venzano, no habla solo desde la nostalgia. Habla desde la continuidad. Desde la certeza de que, aunque el tiempo pase, hay legados que no se pierden mientras alguien los nombre, los defienda y los haga vivir en el presente.
Historias de la Comarca Andina:
Rodolfo Venzano siempre fue el “doctor naturaleza” Fernando Bonansea
Aquella fría madrugada del invierno de 1982 -con diez grados bajo cero-, Rodolfo Venzano estaba solo en su casa del centro de El Bolsón cuando lo sorprendió un infarto. Sus largos años como médico le indicaron que debía llegar rápido hasta el hospital para recibir asistencia. No le fue posible ya que cayó desmayado en la vereda y así permaneció varias horas hasta que lo encontraron. Salió del colapso pero no del edema pulmonar que contrajo a causa del frío y que le produjo la muerte a los 77 años.
Según recuerdan los lugareños, “no había poblador de la región que no lo conociera, ya sea por sus cuarenta años como médico samaritano, siempre al servicio de quien lo requiriera o por su fecunda labor como naturalista, cartógrafo, explorador y entusiasta gestor de cuanto emprendimiento social lo convocara”.
Muchos son los hechos y anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. A finales de los ‘30 no existían farmacias en el pequeño pueblo de montaña, entonces Venzano se puso en campaña y construyó una casita para el primer farmacéutico, a quien convenció de venir a radicarse.
Otra vez, por los '60, en el intento de escalar el cerro Tres Picos, dos andinistas cayeron en una profunda grieta y perecieron. Un tercero, el conocido fotógrafo internacional Nilo Silvestrone, quedó colgando, casi moribundo. Avisado el doctor Venzano, cruzó el lago Puelo, atravesó el valle de El Turbio, trepó el cerro Plataforma y se aproximó al lugar del accidente. Allí descubrió que había olvidado los grampones indispensables para sortear la pared de hielo. Sin perder tiempo, se ató hilo sisal a las medias de lana y llegó hasta el herido, a quien salvó la vida luego de echar mano al ácido fórmico que emanan las hormigas.
Sus largos periplos por las montañas los matizaba apenas con los infaltables chocolates que siempre cargaba en su mochila, además del teodolito y los altímetros. Precisamente, la cartografía regional que confeccionó mereció reconocimiento del Instituto Geográfico Militar, en razón de que sus mapas eran exactos: “Hacía triangulaciones, sabía a ciencia cierta la distancia entre las cumbres, bautizó a muchos de los picos cordilleranos y lo hizo todo con inquebrantable vocación docente”, precisó su hija Alicia Venzano.
Su nombre quedó para siempre en el hospital de El Bolsón (aunque no hay un cartel que lo recuerde), y un cerro al oeste del río Azul, como homenaje de una región que fue descubriendo en sus escaladas desde la década de 1930, con una pasión irresistible por la naturaleza, al tiempo que se convertía en el primer impulsor del turismo y fundaba el Club Andino Piltriquitrón.
Tras su fallecimiento, fue el mismo Nilo Silvestrone quien coordinó el deseo póstumo del médico del pueblo: sus huesos descansan para siempre en el faldeo del cerro Piltriquitrón.
“Sus conocimientos en cartografía eran los de un profesional y era consultado por gente especializada. El plano de la Comarca Andina que se mantiene hasta hoy como referencia es una muestra y el relevamiento lo hizo a pie, llevando en su mochila un teodolito y un altímetro que compró en un remate del Banco Hipotecario. Hacía sus mediciones desde la altura de los cerros”, agregó su hija en referencia al trabajo que en la década de 1950 llamó la atención del IGM por su exactitud, además de registrar las ocupaciones de las familias colonas en cada valle cordillerano.
Incluso, poco después de su fallecimiento, la National Geographic Society de Washington (EE.UU) le otorgó un diploma de reconocimiento.
“Fue tal su capacidad visionaria, que logró generar la primera y más temprana imagen tridimensional en color de la región andina, situándose sobre un satélite imaginario a 400 km sobre la ciudad de Esquel, mirando hacia el norte, con gran claridad de detalles, que logró imprimir en el extranjero para su distribución”,
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