En el marco de la cuadragésimo octava edición de la Fiesta Nacional del Lúpulo, una de las voces que no puede faltar es la de la familia Leibrecht , referente indiscutida de la producción lupulera en la Patagonia. En diálogo con Klaus Leibrecht, integrante de Lúpulos Patagónicos, compartió una mirada profunda y emotiva , el legado familiar y el presente de una actividad tan apasionante como desafiante.
Klaus recordó los orígenes del proyecto familiar, iniciado a comienzos de la década del 80 por su padre, quien sin ser lupulero contador de profesión y dueño de un corralón tomó una decisión que marcaría el rumbo de toda la familia. “Venía a comprar madera y un vecino le dijo que compre la chacra de enfrente y haga lúpulo, sin saber nada”, relató. Así, en 1982 comenzó una historia que hoy se traduce en décadas de trabajo, aprendizaje y perseverancia.
Para la familia, el calendario no termina el 31 de diciembre. El verdadero cierre del año llega con el final de la cosecha. En ese sentido, la Fiesta Nacional del Lúpulo se vive como un festejo especial, casi ritual, que marca el cierre de un ciclo productivo. “Es la terminación del año nuestro. Hay años muy buenos y años malos, pero el campo es así”, resumió Klaus, con la naturalidad de quien entiende los tiempos de la tierra.
El recuerdo de su padre atraviesa toda la charla. Klaus contó que pudo ver concretada su visión original apenas dos años antes de fallecer, luego de casi 30 años de trabajo. “Se fue tranquilo, sabiendo que la semilla seguía”, dijo, evocando imágenes simples y potentes: la bicicleta con la que recorría la chacra todos los días, la vida dura del campo, pero también la satisfacción de cumplir metas.
Hoy, Lúpulos Patagónicos está a punto de consolidar variedades propias, un logro poco común incluso a nivel mundial. Klaus explicó que el desarrollo de nuevas variedades lleva no menos de diez años de pruebas, ensayos y validaciones junto a cerveceros. “En todo el mundo hay muy pocos productores de lúpulo. Desarrollar variedades no es fácil, pero tener ya cuatro es para decir: se puede”, afirmó con orgullo.
En un contexto económico cambiante y con reglas de juego que muchas veces se modifican sobre la marcha, el productor reconoció las dificultades que enfrenta el sector, desde la reconversión de variedades hasta los años sin producción que eso implica. Sin embargo, dejó un mensaje claro para quienes recién empiezan: hacerlo. “El secreto está en hacerlo. Cuando tenés cabeza de productor, sabés que no es fácil, pero hay que avanzar igual”, concluyó.
Con raíces profundas en la tierra y la mirada puesta en el futuro, el lúpulo patagónico no solo es parte de una fiesta: es una identidad que, como la familia Lieybrich, llegó para quedarse.
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