En una nueva conmemoración del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el 24 de marzo volvió a reunir voces, recuerdos y testimonios que mantienen encendida la memoria colectiva. En ese marco, en la comarca andina, uno de los relatos que atravesó el acto fue el de Enrique “Kito” Monti, un vecino que cargó en carne propia las consecuencias del terrorismo de Estado.
Con un tono sereno pero profundamente movilizante, Monti tomó la palabra para compartir no solo su historia personal, sino la de toda una generación que resistió en silencio, en la clandestinidad, durante los años más oscuros de la Argentina.
“Más que mi historia, es la historia de todos los que peleamos contra la dictadura”, expresó, recordando aquellos años en los que vivir oculto era la única forma de sobrevivir. Entre 1976 y 1983, explicó, la militancia se desarrollaba bajo estrictas condiciones de seguridad, en un contexto donde el miedo era cotidiano y la represión, sistemática.
Monti también puso el foco en un aspecto que, según remarcó, aún permanece pendiente en la búsqueda de justicia: la responsabilidad civil y empresarial durante la dictadura.
“El golpe no fue solo militar, tuvo un apoyo financiero enorme”, sostuvo, señalando la participación de sectores económicos, instituciones y actores que se beneficiaron de ese período. “Muchas de esas empresas siguen existiendo hoy, pero casi nadie fue juzgado”, lamentó.
Sus palabras invitaron a reflexionar sobre una memoria más amplia, que no solo contemple a los responsables directos, sino también a quienes sostuvieron y se beneficiaron del modelo impuesto por la fuerza.
Con apenas 17 años, Monti ya militaba políticamente cuando se produjo el golpe. Recuerda ese momento con una mezcla de miedo y desconcierto. “Veíamos venir lo peor”, sin embargo, lo que más lo impactó fue la reacción social: “La gente lo vivió como un alivio”, señaló, describiendo el clima de crisis económica y política que atravesaba el país en ese entonces.
El momento más duro de su relato llegó al recordar a su compañera, secuestrada en 1977. La noticia le llegó de forma abrupta, a través de un llamado telefónico.
“No estábamos juntos en ese momento por cuestiones de seguridad. Me enteré así, de golpe”, contó. Ella fue secuestrada mientras estaba en una pizzería, en una escena cotidiana que refleja la brutalidad con la que operaba el terrorismo de Estado. Ninguno de los dos pertenecía a organizaciones armadas, algo que Monti subrayó para desarmar estigmatizaciones y poner en evidencia que la represión alcanzaba a militantes y ciudadanos por igual.
Esa ausencia, como tantas otras, sigue presente. No solo en su vida, sino en la memoria colectiva de un país que aún busca verdad y justicia.
A casi medio siglo del golpe, Monti eligió cerrar su testimonio con una reflexión dirigida a quienes no vivieron esos años, pero heredan su historia.
“Esto no se termina con recordar”, afirmó. Y agregó: “Hay que agruparse, discutir, politizarse y no creer en los espejitos de colores”.
Lejos de los discursos solemnes, sus palabras resonaron como una advertencia y, al mismo tiempo, como una invitación: la memoria no es solo un ejercicio del pasado, sino una herramienta para construir el presente.
En este 24 de marzo, historias como la de Enrique “Kito” Monti vuelven a recordarnos que detrás de cada cifra hay vidas, amores y proyectos truncados. Y que la memoria, cuando se hace colectiva, se transforma en una forma de resistencia.
0 Comentarios
Déjenos Su Comentario aquí | NoticiasDelBolsón
Emoji