En la Comarca Andina, todavía marcada por las cicatrices del incendio de 2025, una práctica comunitaria resurge con fuerza y sentido: vecinos que se organizan, suman herramientas, comparten esfuerzos y transforman el desastre en un recurso vital para atravesar el invierno. El ingeniero forestal Danilo Ramírez, desde el Servicio Forestal Andino de Río Negro, explica cómo esta dinámica tan arraigada en la cultura local puede convertirse en una solución sustentable, siempre que se realice bajo normas técnicas y legales.
La escena se repite en distintos parajes: uno aporta la camioneta, otro la motosierra, alguien más consigue el permiso y, entre todos, avanzan sobre los restos del bosque quemado. La leña que dejó el fuego, lejos de ser un residuo inútil, se convierte en calefacción para muchas familias y, al mismo tiempo, en una forma de reducir la carga de material muerto en los predios afectados.
“Esa es la idea señala Ramírez, que todo material vegetal que se pueda aprovechar, se aproveche”. Sin embargo, el especialista remarca que este proceso no es libre ni improvisado. Cada intervención debe contar con un permiso forestal, un documento clave que habilita no solo la extracción, sino también el transporte de la madera.
Desde el organismo provincial insisten en que estos permisos no son una formalidad burocrática, sino una herramienta técnica. “Cada autorización tiene la visión del servicio forestal andino. Indicamos de qué manera, cómo y cuánto se debe sacar”, explica Ramírez, subrayando que el objetivo es evitar impactos ambientales negativos en zonas ya frágiles tras el incendio.
La organización comunitaria, conocida popularmente como “minga”, es vista con buenos ojos por las autoridades. “La gente espontáneamente se organiza y eso es muy frecuente en la zona. Nos parece muy bien, siempre que se haga dentro de las normas legales”, afirma el ingeniero. En este sentido, aclara que no existen “zonas liberadas”: toda extracción debe contar con la autorización del responsable del predio.
El cuidado del territorio es un eje central. No toda la leña quemada puede retirarse sin criterio. Existen sectores, especialmente en pendientes, donde la vegetación cumple un rol fundamental para evitar la erosión del suelo. “Después de un incendio, el suelo queda desprotegido. Si se interviene mal, pueden generarse deslaves que representan un riesgo para toda la comunidad”, advierte Ramírez.
El proceso para acceder a un permiso forestal comienza con una solicitud formal de aprovechamiento. El interesado debe acreditar la tenencia de la tierra mediante documentación como título de propiedad, certificado de ocupación o incluso registros como el RENACAP en zonas específicas. Luego, un técnico o guardabosque realiza una inspección en el lugar para evaluar las condiciones del predio.
Una vez aprobado el permiso y realizada la extracción, el equipo forestal vuelve a intervenir para medir el volumen de madera extraída. Este paso, conocido como cubicación, determina el aforo, un impuesto provincial que deben abonar los usuarios, con excepción de sectores vulnerables como jubilados, personas con discapacidad y pueblos originarios.
Con la documentación en regla, los vecinos obtienen la guía y el vale de tránsito, indispensables para transportar la leña sin riesgo de sanciones. De lo contrario, la madera puede ser decomisada y el responsable multado.
En cuanto al consumo, Ramírez reconoce que las estadísticas se han vuelto inestables tras los cambios económicos y sociales recientes. Sin embargo, estima que una familia promedio necesita alrededor de 30 metros cúbicos de leña para atravesar el invierno. A pesar de la expansión de otras fuentes de energía, la leña sigue siendo un recurso esencial en la región, tanto por su disponibilidad como por su costo.
Incluso, en algunos casos, la producción local abastece a ciudades cercanas como Bariloche, donde la demanda crece en los meses más fríos. “De alguna manera, se termina abasteciendo a toda la comarca”, señala el ingeniero.
La experiencia demuestra que, frente a la adversidad, la comunidad encuentra formas de reorganizarse. Pero también deja en claro que el equilibrio entre necesidad y cuidado ambiental es delicado. En ese punto, el rol del Estado y la conciencia colectiva se vuelven claves.
La leña del bosque quemado, entonces, no es solo un recurso energético: es también una oportunidad para reconstruir, ordenar y pensar el vínculo con el entorno desde una lógica más responsable y solidaria.
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