Enclavada en Río Villegas, dentro de la comuna rural de El Manso, la Escuela 166 parece detenida en el tiempo, rodeada de naturaleza y sostenida por el esfuerzo silencioso de quienes la habitan todos los días. Allí, entre paredes de madera que guardan décadas de historia, el verdadero motor no son solo los libros ni los pizarrones, sino las personas. Y entre ellas, hay un nombre que se repite con cariño: Mary Bayer.
“Esta es una escuela rural donde somos pocos, pero se trabaja como en una gran familia”, dice Mary, con una sonrisa que refleja años de dedicación. Su voz no es la de alguien que cumple un horario: es la de quien siente que su lugar en el mundo está ahí, entre esos niños que llegan cada mañana con frío, con sueño o simplemente con ganas de un abrazo.
Para ella, la Escuela 166 es mucho más que un trabajo. “Es como llegar a mi casa”, asegura. Y en esa casa, los chicos no son alumnos: son parte de su vida. “Con los nenes tengo una relación como si fuera una tía. Entonces hay como ese cariño… siempre querés lo mejor para ellos”, cuenta. Esa cercanía se traduce en gestos simples pero profundos: un saludo, un beso, una palabra a tiempo, o algo caliente para compartir.
Porque en esta escuela, el afecto también se cocina. Literalmente. Mary lo sabe bien: muchas veces, un pancito con dulce, una torta frita o unos tradicionales “calzones rotos” pueden cambiarle el día a un niño. “Por ahí vienen con frío o medio tristes, y con eso ya se van chochos”, relata. Esas recetas, heredadas de generaciones, llevan algo más que ingredientes: llevan cuidado, memoria y amor.
Hoy la matrícula es pequeña: 14 chicos en primaria y 5 en el jardín. Pero el desafío no pasa por los números, sino por sostener la esencia. “Esperemos que llegue más gente a la comunidad y aumente la matrícula”, dice con esperanza. Mientras tanto, cada jornada es única. “Todos los días son especiales”, resume.
Mary lleva 16 años trabajando en la escuela, después de haber pasado por la Escuela Hogar. Y aunque el tiempo avanza, hay algo que no cambia: el vínculo con los chicos. “Los vemos desde el jardín, crecer en la primaria, y a veces hasta en la secundaria. Después vamos a sus despedidas… les conocés toda la vida”, cuenta. Ese seguimiento transforma el rol: ya no es solo personal de la escuela, es familia. “Sos como una tía”, repite.
La Escuela 166 también carga con el peso de los años. Fundada el 25 de febrero de 1957, sigue en pie como una de las pocas construcciones de madera que resisten el paso del tiempo en la región. Pero no sin dificultades. “Necesitaría un poco de mantenimiento para sostener las maderas”, advierte Mary, sin perder el optimismo. Porque más allá de lo material, lo importante es que el espíritu siga intacto.
“Yo creo que es como una casa gigante”, define. Y en esa casa, cada rincón guarda historias, risas, aprendizajes y abrazos. Por eso, el deseo es claro: que la escuela siga viva, que lleguen más familias, que haya más chicos corriendo por sus pasillos.
Antes de despedirse, Mary deja un mensaje que resume todo: “Es muy importante para nosotros que nos vengan a visitar y que se conozca que hay una escuelita de madera, que hay mucha gente trabajando y que hay nenes que son felices en esta escuela”.
En tiempos donde muchas cosas parecen urgentes, la Escuela 166 de Río Villegas recuerda que lo esencial sigue siendo lo mismo: el cariño, la dedicación y el compromiso de quienes, como Mary Bayer, hacen de la educación un acto profundamente humano.
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