En el Día de la Ancianidad, la residencia de adultos mayores Quilla Hue abrió una vez más sus puertas para compartir una jornada en la que el arte, las conversaciones, los recuerdos y, fundamentalmente, el afecto volvieron a demostrar que acompañar a nuestros mayores es también reconocer la historia que cada uno de ellos lleva consigo.
Visitamos la residencia en una fecha especial, aunque allí el cuidado, la compañía y la búsqueda de una vida digna no se limitan a una celebración del calendario. Son parte de una tarea cotidiana que involucra a trabajadores, cuidadoras, personal de cocina y limpieza, talleristas y a cada persona que diariamente comparte parte de su vida con los adultos mayores.
Romina destacó precisamente ese compromiso colectivo y agradeció especialmente a quienes sostienen el funcionamiento diario de la institución.
“Muy feliz por celebrar este día de los derechos de los adultos acá en la residencia”, expresó, al tiempo que puso en valor el trabajo de Mercedes “Mechi” Ruiz, Ornela Laezza y de todo el personal.
Se hizo especial hincapié en que detrás de cada actividad y cada atención existe un objetivo mucho más profundo: garantizar los derechos de quienes viven en la residencia y brindarles una vida digna.
“Agradecer a todos los empleados, a todos los que le ponen el día a día para garantizar los derechos de los adultos”, señaló. Y agregó un reconocimiento que alcanza a cada rincón de Quilla Hue: desde quienes trabajan en la cocina y la limpieza hasta las cuidadoras y talleristas. “Todos suman para que el adulto tenga sus derechos completos”, remarcó.
Mercedes Ruiz, encargada de recreación y eventos, conoce muy bien esa cotidianeidad. Para ella no se trata solamente de organizar una actividad para ocupar algunas horas. Se trata de compartir, escuchar, conversar y generar motivos para encontrarse.
Los adultos mayores participan permanentemente de diferentes propuestas y también encuentran maneras de vincularse con el resto de la comunidad. Una de las experiencias recientes tuvo como protagonistas a los niños: los residentes prepararon pequeños regalos que posteriormente fueron entregados con motivo del Día de las Infancias.
El gesto puede parecer sencillo, pero encierra algo profundamente valioso. Quienes muchas veces son considerados solamente receptores de cuidados también tienen muchísimo para dar. Crean, trabajan, piensan en otros y encuentran en esas acciones una manera de seguir sintiéndose protagonistas de la comunidad.
Y si hay algo que disfrutan especialmente, según contó Mechi, es conversar.
Historias de otros tiempos, anécdotas, recuerdos familiares, experiencias de trabajo, música y vivencias aparecen en esas charlas. Cada adulto mayor conserva una parte de la memoria de nuestra sociedad y detenerse a escucharlos es descubrir historias que difícilmente puedan encontrarse en un libro.
“Yo me llevo mucho amor, momentos inolvidables”, resumió Mercedes al intentar explicar qué recibe ella de los mayores después de cada jornada.
También habló de su sabiduría y de todo aquello que surge simplemente cuando alguien se sienta a compartir un momento con ellos y les permite contar “lo que han vivido, lo que fueron”.
Entre pinturas, pinceles, poesías y palabras trabaja desde hace cinco años Ornela Laezza, tallerista de la residencia. Su propuesta va mucho más allá de enseñar a dibujar o pintar.
“Es un taller de pintura, dibujo, palabras, poesía; hacemos música también. La idea es generar un espacio de vínculo, de intercambio a través de diferentes herramientas”, explicó.
Para Ornela, el arte funciona fundamentalmente como un punto de encuentro.
“El arte nos proporciona una herramienta de encuentro muy importante”, sostuvo.
Cinco años de trabajo permitieron construir vínculos no solamente con los residentes sino también con las personas que diariamente trabajan en el lugar. El resultado está a la vista en las numerosas pinturas, poesías y producciones realizadas por los propios adultos mayores.
Pero quizás uno de los aspectos más conmovedores de esta experiencia sea comprender que no existen edades ni limitaciones capaces de apagar completamente las ganas de expresarse.
Angélica es uno de esos ejemplos.
A pesar de atravesar dificultades motrices en sus manos, participa de las actividades de pintura. Para hacerlo, Ornela adapta elementos, formas de apoyo y maneras de sujetar el pincel que le permiten trabajar de acuerdo con sus posibilidades.
“La intención es justamente siempre observar las posibilidades que tenemos, las herramientas que tenemos para poder manifestarnos”, explicó la tallerista.
Con Angélica vienen desarrollando un trabajo especial. Actualmente avanzan sobre una serie de pequeñas nubes rosas que hablan de la ternura. También realizaron paisajes y diferentes obras, algunas figurativas y otras abstractas.
No se busca que todos hagan lo mismo ni imponer una única consigna. Por el contrario, cada propuesta intenta respetar a la persona que está detrás de ese pincel, esa palabra o esa poesía.
“Cada uno, cada una, participa a su modo”, explicó Ornela. “Cada persona está trabajando de diferentes maneras. Se adapta a los cuerpos, a las posibilidades motrices que tiene esa persona”.
Esa mirada resume buena parte de la filosofía que atraviesa estos espacios: mirar primero lo que una persona todavía puede hacer y no aquello que el paso de los años le fue quitando.
La residencia cuenta además con propuestas durante toda la semana. Radio teatro, gimnasia, educación física, dibujo y pintura forman parte de una agenda que mantiene activos a los residentes durante las mañanas y las tardes. También hubo experiencias de carpintería y actividades vinculadas con la música, el folclore, el bombo y diferentes expresiones culturales.
Cada residente llega con su propia historia y sus propios gustos. Algunos disfrutan especialmente de pintar; otros prefieren escuchar música, conversar, recordar el campo o compartir una anécdota. También están quienes simplemente encuentran felicidad en tener a alguien cerca dispuesto a escuchar.
Y probablemente allí se encuentre una de las enseñanzas más importantes de esta jornada.
La ancianidad no debería ser sinónimo de soledad, olvido ni aislamiento. Llegar a una edad avanzada no borra los sueños, las emociones, las ganas de reír, crear, conversar o sentirse querido. Detrás de cada rostro hay una vida entera: familias, trabajos, amores, pérdidas, sacrificios, alegrías y recuerdos que forman parte también de nuestra propia historia como comunidad.
Quilla Hue muestra todos los días que cuidar significa mucho más que atender las necesidades básicas de una persona. También significa ofrecer una palabra, compartir una mesa, adaptar un pincel para que una mano pueda volver a pintar, escuchar por enésima vez una anécdota como si fuera la primera y comprender que, algunas veces, regalar unos minutos de compañía puede ser uno de los gestos de amor más importantes.
En este Día de la Ancianidad, el reconocimiento es entonces para los adultos mayores, pero también para quienes eligieron acompañarlos.
Para Romina, Mechi, Ornela y para cada trabajador y trabajadora que cocina, limpia, cuida, escucha, organiza actividades y brinda cariño.
Porque nuestros mayores no son solamente nuestro pasado. Son memoria viva, experiencia y sabiduría. Son hombres y mujeres que ayudaron a construir la comunidad que hoy habitamos.
Y quizá la mejor manera de homenajearlos sea algo mucho más sencillo que cualquier discurso: acercarnos, sentarnos un rato a su lado y preguntarles qué tienen para contarnos.
Seguramente tendrán mucho para decir. Y nosotros, muchísimo para aprender.

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