Detrás de Rocío está su familia, su pareja y su mamá, Marisa Lovera, intentando acompañarla después de una situación que estuvo a segundos de terminar de la peor manera. “Un poco más tranquila, sí, pero recién anoche pudo dormir”, contó Marisa al hablar sobre cómo se encuentra su hija. Dormir, algo tan cotidiano, se transformó después del ataque en una pequeña conquista, porque el miedo sigue ahí.
Rocío no quiere quedarse sola. Su pareja debe continuar con sus obligaciones laborales y, cuando eso ocurre, ella busca la protección y compañía de su familia. Este lunes fue hasta la casa de su mamá para permanecer acompañada. “Está con miedo. Por suerte ahora su pareja se va a trabajar y ella vino a mi casa para quedarse con nosotros porque no puede estar sola”, explicó Marisa.
La frase permite dimensionar una consecuencia del ataque que va mucho más allá de las lesiones físicas. Rocío logró escapar, está viva, fue atendida en el Hospital de Área El Bolsón y pudo regresar junto a los suyos. Pero ahora comienza otra parte de la historia: recuperar la tranquilidad que le arrebataron aquella tarde. Por el momento tampoco quiere regresar a trabajar y resulta difícil no comprenderla. Fue precisamente en su lugar de trabajo, en un espacio que debía ser seguro y cotidiano, donde una situación absolutamente inesperada la puso frente a la posibilidad concreta de perder la vida.
El ataque ocurrió durante la tarde del sábado en una panadería ubicada sobre calle Azcuénaga, a pocos metros del puente sobre el río Quemquemtreu. La joven se encontraba cumpliendo con su jornada laboral cuando una mujer ingresó al establecimiento y, luego de un breve intercambio, la roció con combustible. La agresora intentó posteriormente iniciar el fuego, pero por circunstancias que terminaron siendo decisivas no logró concretarlo y Rocío encontró la oportunidad de escapar.
La joven salió desesperadamente del comercio y corrió pidiendo ayuda. Ese pedido fue escuchado por vecinos y comerciantes del sector. Uno de ellos intervino y persiguió a la sospechosa hasta lograr retenerla, mientras se daba aviso a la Policía. Sin embargo, para Rocío el episodio no terminó cuando llegó la ayuda. El combustible había alcanzado su cuerpo y particularmente zonas sensibles, generando preocupación por las consecuencias que pudiera haber sufrido.
Uno de los puntos que inicialmente generó mayor inquietud fue su vista. “En el hospital la hicieron mejorar enseguida. Yo creo que la vista está bien”, explicó Marisa. También uno de sus oídos resultó afectado y todavía se encuentra en proceso de recuperación. “El oído de a poco va tomando un poquito”, señaló su mamá, describiendo una evolución paulatina.
El contacto con el combustible también le produjo irritación en la piel. Fueron momentos de incertidumbre, de verla dentro del hospital, esperar respuestas médicas y tratar de entender hasta dónde podían llegar las consecuencias de lo ocurrido. Marisa recordó el temor que sintieron inicialmente porque la nafta había entrado en contacto con el cuerpo de su hija y existía preocupación por las lesiones que pudiera haber provocado. Afortunadamente, con el correr de las horas las noticias respecto de su estado físico fueron llevando algo de tranquilidad.
Pero existe otra recuperación que posiblemente necesite mucho más tiempo: la emocional. Rocío todavía tiene miedo, no quiere estar sola, no está preparada para regresar a la panadería y necesita sentirse acompañada y segura. Después de una experiencia de semejante violencia, volver a atravesar una puerta, permanecer sola o regresar al mismo espacio donde todo ocurrió pueden convertirse en desafíos enormes.
Por eso hoy la familia permanece cerca. Marisa acompaña a su hija desde ese lugar que solamente una madre conoce, tratando de transmitir tranquilidad mientras ella misma intenta procesar lo que pudo haber ocurrido. Porque existe una realidad imposible de ignorar: bastaban unos pocos segundos para que esta historia fuera completamente diferente.
Rocío había salido de su casa para trabajar. No imaginaba que esa jornada terminaría en una corrida desesperada, impregnada de combustible y pidiendo ayuda para salvar su vida. Hoy puede abrazar nuevamente a su mamá, refugiarse en su casa y buscar poco a poco recuperar aquello que parecía natural antes del ataque: dormir tranquila, quedarse sola, trabajar y caminar sin miedo.
La recuperación física avanza. La vista, según contó Marisa, evolucionó favorablemente; el oído comienza lentamente a responder y las consecuencias de la irritación provocada por el combustible están siendo atendidas. Pero el miedo permanece. “Por el momento no quiere volver a trabajar”, resumió su mamá. No es solamente una decisión laboral. Detrás de esas palabras está el impacto de haber sentido que su vida estaba en peligro justamente mientras cumplía con su trabajo cotidiano.
Ahora habrá tiempo para la investigación judicial, para determinar responsabilidades y establecer las medidas correspondientes respecto de la mujer acusada del ataque. Para Rocío y su familia, en cambio, comienza otro proceso, uno que no se mide en expedientes ni en horas: es el tiempo necesario para volver a sentirse segura.
Marisa está ahí. Su pareja está ahí. Su familia está ahí. Y quizás por estos días eso sea lo más importante: que Rocío pueda mirar alrededor y comprobar que, después de haber atravesado uno de los momentos más aterradores de su vida, no está sola.
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