Después de 72 años, doña Abelina Morales volvió al lugar
donde pasó los mejores años de su infancia para terminar de reconstruir su
historia y saldar una vieja deuda personal.
El sábado, esta tatarabuela mapuche, que hoy tiene 81 años,
regresó con varios integrantes de su gran familia al lugar donde se crió junto
a su padre y del que guarda los mejores recuerdos. La visita a un campo ubicado
a unos 15 kilómetros al sur del paraje Mamuel Choique fue impulsada por uno de
sus nietos y contó con la complicidad de toda la familia. "Hace muchos
años que mamá quería venir a este lugar y por suerte cumplió un sueño. Ella
está feliz y nosotros también" afirmó Graciela, una de sus hijas. La
historia de Abelina se alimenta de muchos sinsabores, pero con un presente muy
bueno.
Nació en Mencué y a los tres meses fue separada de su madre
para irse a vivir con una familia de Jacobacci. A los cuatro años, su papá la
llevó al campo con él. Allí paso varios años que marcaron a fuego su vida.
Según cuenta, la casa de piedra en la que vivía, el paisaje, los animales, la
naturaleza, constituían "su lugar" en el mundo. Por eso cuando se
fue, lo hizo llorando desconsoladamente, como suponiendo que nunca más
volvería. Y así fue durante 72 años. Pero tuvo siempre presentes las palabras
que un día su padre le dijo en referencia a que en su ausencia Dios la iba a
cuidar. Se aferró a ello y así pudo salir airosa en la vida.
Cuando estaba por cumplir 9 años, su papá le dijo que había
una señora muy buena que la iba a cuidar, la enviaría a la escuela, la iba a
vestir y a tratar como una hija. Era la esposa de un tío que vivía en Cushamen.
Pero no fue así. "Ahí la vida me castigó mucho. Pasé hambre, tuve que hacer
cosas sin saber cómo, y empecé a sentir bronca, pero al cabo del tiempo me di
cuenta que estaba equivocada. Me maltrataban tanto que un día me escapé y
caminé toda una noche para volver con mi papá. Pero no lo logré y nunca más lo
vi. Después de muchos años me enteré que había muerto en el año 60 solito en el
campo", recuerda.
Luego de escapar, caminó hasta llegar a Ñorquinco. Allí
consiguió un caballo que le permitió cruzar el río homónimo y llegar a Río
Chico. Le faltaban unos pocos kilómetros para llegar al campo de su padre, pero
no logró hacerlo. La buscaba Gendarmería y tuvo que regresar a Ñorquinco.
Tiempo después ingresó a trabajar como empleada doméstica
con una familia de la que guarda un gran recuerdo. El jefe era un comisario que
por su profesión vivió en varios lugares. Fue así que Abelina estuvo un tiempo
en Cinco Saltos, en Viedma y Buenos Aires para luego regresar al Alto Valle y
formar una familia.
Desde hace casi cincuenta años está radicada en Roca.
Durante muchos años creyó que su mamá había muerto. Pero un buen día se enteró
que vivía en Jacobacci. La fue a buscar y la disfrutó durante sus últimos diez
años. "Si bien sufrí mucho, dejé de estar sola hace muchos años. Pude
formar la familia que nunca pensé que podía tener. Volver a estar acá es una
victoria para mí. Estoy feliz".
La difícil travesía para poder llegar al sitio donde hace
setenta años Abelina vivió junto a su padre valió la pena realizarla. Por eso
cuando llegó a la cima del cerro donde están las ruinas de lo que fue su casa,
lanzó un fuerte grito de victoria y luego junto a quienes la acompañaron
comenzó entonar emocionada una canción de agradecimiento a Dios, quien siempre
la guió y la cuidó.
La tapera de Morales
La casa que hace más de setenta años habitó Abelina junto a
su padre hoy es sólo ruinas. Tampoco existe el sauce que plantó junto a la
aguada de la que aún brota líquido. "La Tapera de Morales", como se
conoce hoy al lugar, se ubica en la cima de un cerro, en la zona de El
Escorial. Desde allí se puede observar la inmensidad de la meseta y se pueden
oír perfectamente los sonidos que emiten los animales que pastan en el campo y
el viento zigzagueando por las piedras y arbustos. En el fondo asoman algunos
picos nevados de la cordillera de los Andes, un paisaje inigualable, hermoso,
que durante mucho tiempo invitó a Abelina a contemplar mientras esperaba que su
padre regresara luego de recorrer el campo cuidando los animales.
De entre las piedras del cimiento que quedó de aquella casa
hoy brotan los recuerdos de una infancia con muchas necesidades, pero muy
feliz. Un tiempo y un lugar del que doña Abelina nunca se cansó de contar desde
la distancia y añorando con regresar algún día. Y pudo hacerlo de la mejor
manera, junto a sus seres queridos y cumpliendo un viejo anhelo para agregar
una página a su historia personal. "Yo no cuento mi historia para que me
tengan lástima, sino para que otros tengan el coraje de no bajar los brazos. No
todo se termina en la vida. Hay un Dios que te va a cuidar", sentencia.
JOSE MELLADO
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