En tiempos del coronavirus, la sociedad reconoce la labor de los médicos y enfermeros de cada pueblo cordillerano, aunque pocos conocen la historia de otros profesionales que décadas atrás también tuvieron que afrontar epidemias de difteria o el avance de la tuberculosis y la hidatidosis en los ambientes rurales, claro que con mucho menos población que los cien mil habitantes que hoy tiene la Comarca Andina.


En la memoria de los lugareños de mayor edad quedaron los nombres de los médicos Rodolfo Venzano y Juan Hermann (El Bolsón); Juan Carlos Espina (El Maitén); Oscar Fattorini (Lago Puelo) y Luciano Tejeira (Cholila), entre otros, como los primeros pilares de la medicina en los tiempos difíciles de mediados del siglo pasado, cuando vivir en la Patagonia significaba afrontar la rigurosidad del clima, las rutas de ripio, sin comunicaciones, sin luz, y disponer apenas, en el mejor de los casos, de una vieja ambulancia en precarias condiciones para llegar con un paciente grave hasta Bariloche o Esquel.

Antes que ellos decidieran radicarse en la zona andina, los colonos debieron arreglarse con el concurso de algún curandero o yuyero y la asistencia de las comadronas en los partos. Si la enfermedad ya era complicada, no cabía otra alternativa que afrontar los trastornos de un largo viaje hasta “el Neuquén” o “Bahía, en la provincia”, como se decía por entonces.

De igual modo, en cada pago había “una huesera”, quien a fuerza de práctica y experiencia se encargaba de “componer quebraduras y sacaduras” (habituales en las tareas campesinas), donde solía aplicar un yeso fabricado con papel de diarios viejos y clara de huevos y ungüentos de dudosa procedencia. Así y todo, hubo varias cuya fama trascendió fronteras y eran buscadas en muchas leguas a la redonda.

El francés

En medio, hacia 1920, llegó a radicarse muy cerca del paralelo 42° un extraño personaje francés llamado Emilio de Solminihac (hoy una calle que lleva su nombre). En su libro “El Bolsón de antes”, Naco Sales relata que aunque nunca se comprobó si realmente era médico, “la gente acudía a él desde remotos lugares, superando las dificultades de larguísimas leguas a caballo o en carretas. Venían desde Llanada Grande (Chile) con la fe y el entusiasmo que aquel anciano médico les inspiraba, no solo por lo que habían oído de él, sino por los hechos que contemplaban: hombres y mujeres que regresaban sanos y muy agradecidos. El doctor Solminihac, o como quiera llamársele, era toda una leyenda, un verdadero patriarca de esta zona”. Finalmente, murió en El Bolsón el 9 de agosto de 1941 y su certificado de defunción lo firmó Juan Hermann.

Venzano

Con 29 años y el título de médico bajo el brazo, Rodolfo Domingo Venzano llegó a Bariloche en 1933 y se quedó por dos años. Además de su trabajo en el hospital, dedicó sus horas libres a recorrer la zona, “relevándola topográficamente hasta elaborar el primer mapa turístico, publicado en 1935”, destacan las crónicas de entonces.

En una de esas excursiones, en 1934, llegó caminando hasta Mallín Ahogado (120 km) y descendió hasta el valle del río Azul, donde se encontró con las familias de los colonos arribados a principios del siglo 20. Pronto lo convencieron de mudarse al pueblo de El Bolsón, que por esos años no tenía más de 300 habitantes y no contaba con un profesional que los atendiera.

Fue naturalista y geógrafo por excelencia, con una formación multidisciplinaria sorprendente y de notable aptitud para los desafíos. Graduado en medicina y cirujano, versado en botánica, geología, meteorología, andinista de alma, además de aviador, fotógrafo y artista plástico, Venzano pronto descubrió que la Comarca Andina era su lugar en el mundo. Desde aquellos días ejerció su tarea médica, recorriendo leguas a caballo donde no había caminos para llegar en vehículo.

“Dominaba las diversas propiedades curativas de las plantas nativas, aplicando con éxito los conocimientos de la medicina mapuche, a través del uso del pañil, palo piche, ñanculahuén, salvia y otras variedades”, relató su hija. “Las primeras vitaminas gratuitas las trajo él de Europa, cada vez que viajaba las compraba con los dineros que obtenía por sus planos y por las arenitas de oro que conseguía en la montaña, sabía que los chicos necesitaban, también los ancianos”, valoró.

“Cuando el tiempo lo permitía, papá iba una vez por semana hasta Bariloche en busca de medicamentos en su Ford A por el viejo camino de El Maitén y Las Bayas. Era un día de viaje y acordaba con los pobladores para que en el trayecto lo ayudaran a vadear los ríos con sus bueyes. Esto fue así hasta que convenció al bioquímico Nicolás Fabricio de venir e instalar una farmacia”, graficó.

“Usted se queda”

Cuando Venzano andaba por las montañas, la enfermera que quedaba de guardia en el hospital hacía un humo espeso en la chimenea por si se requería su presencia y entonces emprendía la vuelta para atender un parto o la fractura de algún paisano que se había caído del caballo.

Sin embargo, cuando le explicó la estrategia “a un gendarme fortachón y bigotudo, cuya esposa esperaba familia, este reaccionó sacando un enorme bufoso (revólver) y le dijo: ‘doctor, usted se queda acá hasta la parición de mi mujer’…, no le quedó otra que esperar”, contó el bioquímico jubilado Luis Fabricio.

El doctor Espina

Juan Carlos Espina “fue uno de los primeros médicos que llegó a El Maitén cuando era un simple campamento ferroviario”, recordó Edmundo Jios en su libro “El baúl de los recuerdos”.

“Transcurrió aquí más de tres décadas dedicado a su profesión, cuando lo único que tenía eran unos pocos instrumentos, jeringas que se hervían junto a sus agujas, el primitivo tacho con una manguera de goma para hacer enemas y el estetoscopio que sobre su eterno guardapolvo blanco parecía una prolongación de sí mismo, y la inquebrantable voluntad que ponía de manifiesto –protestando siempre puro rezongón-, para visitar caminando entre la nieve y el ladrido de los perros a sus pacientes a cualquier hora de la noche, con sus eternos botines marrones que secaba junto a la estufa”, detalló.
Fuente Diario Jornada











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