A diez años del horror: la memoria que no descansa y la justicia que no alcanza



El testimonio de Antonella Cina no es solo un recuerdo: es una herida abierta que interpela al sistema judicial y a toda la sociedad. Cuando los culpables están libres y el dolor sigue preso en una familia, la pregunta es inevitable: ¿qué entendemos por justicia?


Hay relatos que no deberían existir. Historias que, aún después de una década, siguen latiendo con la misma crudeza del primer día. La voz de Antonella Cina es una de ellas. No es solo memoria: es denuncia, es dolor y es, sobre todo, un reclamo urgente que no ha sido saldado.

A continuación, su testimonio, intacto, sin intermediarios:


“Hace 10 años asesinaron a mi papá dentro de nuestra propia casa, en un hecho de violencia que vivimos estando presentes siendo muy chicos. Todo empezó cuando personas de su entorno, que considerábamos amigos, se emborracharon en el bar de mi mamá y de él. Después fueron a nuestra casa sabiendo que estábamos en familia.
Como no querían que nosotros, siendo chicos, presenciáramos esa situación, los echaron. Pero se fueron y volvieron armados, con cuchillos y otras armas, con la intención de atacarnos a todos.
Adentro de la casa estábamos muchos chicos, éramos 12. Cada uno se escondió donde pudo para protegerse. Mientras tanto, también había adultos que fueron amenazados con armas blancas. Fue una situación de muchísimo miedo y violencia para todos.
En ese momento, mi papá salió afuera a defendernos, y fue ahí donde terminó dando la vida por nosotros. Gracias a él, hoy estamos vivos, pero desde ese día nuestra vida cambió para siempre.
A mi hermanito, que tenía solo un mes de vida, le arrebataron a su papá, y a nosotros nos dejaron con un dolor que llevamos hasta hoy.
Los responsables fueron juzgados y condenados por un tribunal. Sin embargo, hoy están en libertad, viviendo sus vidas, mientras nosotros seguimos conviviendo con la ausencia, el dolor y las consecuencias de lo que pasó.
Después de 10 años, seguimos pidiendo justicia. Porque no es solo lo que pasó ese día, sino todo lo que vino después. Queremos que esta historia no se olvide, y que se entienda que hay una familia que quedó marcada para siempre.
Nos falta mi papá todos los días.
Antonella Zina me llamo”


El texto golpea sin rodeos. No necesita adjetivos ni interpretaciones: la injusticia se revela sola. Un padre que muere defendiendo a sus hijos dentro de su propia casa. Doce chicos escondiéndose del horror. Un bebé que crece sin memoria de su papá. Y, del otro lado, responsables condenados que hoy transitan la vida en libertad.

¿Qué significa entonces “hacer justicia”? ¿Alcanza con una sentencia si el resultado final deja a las víctimas atrapadas en el pasado mientras los victimarios recuperan su presente?

La historia que cuenta Antonella no es un hecho aislado en lo emocional, aunque lo sea en lo particular. Representa a muchas familias que sienten que el sistema llega tarde, incompleto o, peor aún, que no logra reparar nada. Porque hay pérdidas que son irreparables, pero también hay decisiones que pueden profundizar esa herida.

Diez años después, lo que permanece no es solo el crimen, sino la sensación de abandono. De que la justicia fue apenas un trámite y no una respuesta real al daño causado.

Por eso, este testimonio no debería perderse en el ruido cotidiano. No es solo el pedido de una hija: es un llamado a revisar cómo se construyen las respuestas frente a hechos de violencia extrema. Es, también, una forma de mantener viva la memoria de un hombre que murió protegiendo a los suyos.

Porque cuando una familia sigue pidiendo justicia una década después, no es por insistencia: es porque algo, claramente, no cerró.












Publicar un comentario

0 Comentarios