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Feminicidio: nombrar a la violencia de género contra las mujeres en clave política

En las últimas décadas, las mujeres venimos demostrando que somos capaces de movernos políticamente, de generar ingresos que superan e igualan los que históricamente manejaban los hombres.

También ingresamos en las luchas políticas que promueven los derechos a la diversidad y el respeto hacia las minorías y las personas más desprotegidas.

La multiplicación de espacios de mujeres abocados al estudio, la reflexión, y la acción militante y transformadora que se opone a un pensamiento hegemónico concebido como “natural” permite que los cambios culturales sean continuos. Las propuestas de políticas públicas de igualdad de oportunidades para las mujeres se han llevado a cabo por el accionar del movimiento de mujeres y se ha internalizado en muchas que “lo privado es público”. Esto significa una nueva actitud de las mismas ante la vida.

Sin embargo, ¿cuánto nos falta para dejar de tratar a las mujeres como brujas que parece merecemos ser quemadas o como descartables que se rompen, pisan y abusan para tirarlas en una bolsa de basura, arrojarlas al arroyo, a la alcantarilla? ¿Cuánto camino debemos seguir las mujeres recorriendo para entender que no podemos seguir permitiendo ser tratadas como cosas? Duele ver un cortejo de hombres uniformados que tapan el cuerpo de una joven, cuerpo que evidentemente nunca le perteneció.

La violencia por cuestiones de género -y en ella se incluye la violencia hacia mujeres, niñas, niños, discapacitados/as y ancianas/os, colectivos de disidencia sexual- es la más difundida violación a los derechos humanos del mundo y constituye la consecuencia dramática de la relación de poder más desigual de la era moderna. Está significada por la naturalización de violencias cotidianas simbólicas, que no son más que un instrumento para subordinar al otro/a y, sin duda, las mujeres somos sus víctimas más comunes.

Tenemos una tarea cotidiana por delante porque los efectos disciplinadores del patriarcado son muy fuertes y tienden a promover pensamientos y discursos peligrosos: “Las mataron porque viajaban solas”, “la violaron porque estaba vestida de forma provocativa”, “no fue violación porque accedió a tener sexo aunque tenía trece años”, “lo hizo enojar por eso le pegó”, “hay que resignarse”, “no lo cuentes porque es una cosa íntima”, “la ley no fija edad mínima para casarse”, “es porque es rara, trans, trava”, “proveer le da derechos”, y más, y más y otra vez más.

Los cuerpos femeninos se conciben como si fuera un territorio a dominar. Así es que poco importa si mueren victimas de violencias físicas o sexuales, si las matan o se suicidan, si se prostituyen, si mueren en un aborto inseguro. Ellas simplemente padecen la manifestación más acabada del poder machista, representada en instituciones como la Justicia.

Una mujer se muere en la Argentina víctima de violencia de género cada 18 horas; otras muchas se mueren por abortos clandestinos; otras son víctimas de la trata por explotación sexual. Siete de cada diez fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas. Dos de cada diez mujeres asesinadas habían presentado una denuncia por violencia de género.

Los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y les confiere significado socialmente naturalizado. El uso y abuso del cuerpo del otro/a,  más aún si se trata de una menor de edad, se dirige al aniquilamiento de la voluntad de la víctima, cuya reducción es justamente significada por la pérdida del control sobre el comportamiento de su cuerpo y el agenciamiento del mismo por la voluntad del agresor.

La violencia machista nos habita, nos mueve, habla a través de nuestros labios, está presente, en todas y todos. “Femicidio” es un término policíaco que significa simplemente el homicidio de mujeres. Plantear que hay feminicidio es darle una explicación política a un problema que ha sido abordado desde un punto de vista policial.

Feminicidio es una categoría analítica de la teoría política y consiste en enfrentar el problema como parte de la violencia de género contra las mujeres. Este es el primer supuesto epistemológico, teórico y político, y ubicarlo allí es abordar las causas del feminicidio. Diana Rusell lo define como "crímenes de odio contra las mujeres que incluyen la misoginia y conforman una violencia social contra las mujeres".

La cultura refuerza de mil maneras esta violencia como algo natural. Hay un refuerzo permanente de imágenes, enfoques, explicaciones que legitiman la violencia. Estamos ante una violencia ilegal pero legítima. Esta es una de las claves del feminicidio. Otra clave es que en estos casos de violencia se llega a la muerte de mujeres, pero no en todos. Por lo tanto, el feminicidio no sólo comprende los asesinatos -hay sobrevivientes de feminicidio-, sino que abarca el conjunto de hechos violentos contra las mujeres que incluyen actos violentos contra su grupo familiar, violencia institucional y violencia simbólica, entre otras.

Las leyes ya existen. Pidamos que se cumplan y que surjan nuevas si es necesario. Que se potencie el accionar de los grupos, movimientos y asociaciones de mujeres y grupos de disidencia sexual. Que establezca el protocolo del sentido común y humano, que se agilice la policía y la Justicia sea menos patriarcal. Que el Estado acompañe y promueva acciones entre sentido. Que las mujeres seamos menos machistas y los hombres demuestren su feminismo.

Portadoras de derechos. Vivas y libres nos queremos.











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