Celulares en las escuelas: una pediatra advierte sobre los efectos del uso excesivo de pantallas en adolescentes


El debate sobre el uso del celular en las escuelas vuelve a instalarse con fuerza, atravesando no solo a la comunidad educativa sino también a las familias y al sistema de salud. En este contexto, la médica pediatra y especialista en adolescencias Mónica Borile (matrícula 1715) aporta una mirada integral sobre la necesidad de implementar medidas dentro de los establecimientos educativos, en un escenario donde la tecnología avanza más rápido que la capacidad de regulación social.
La profesional explicó que el tema forma parte de la consulta cotidiana con familias preocupadas por los efectos del uso intensivo de pantallas en niños y adolescentes. “Sabemos, no solamente desde la pediatría argentina sino a nivel internacional, que las pantallas generan distracción y afectan la capacidad de sostener la mirada y el vínculo con el otro”, señaló, poniendo el foco en un aspecto central: la construcción de los lazos sociales.


Borile remarcó que la interacción humana se ve profundamente modificada cuando está mediada por dispositivos. “El vínculo con el otro se construye estando con el otro. Si estamos atravesados por pantallas, esa experiencia cambia”, explicó. En ese sentido, advirtió que no se trata solo de un problema educativo, sino también de salud, que exige repensar tanto las prácticas pedagógicas como los hábitos familiares.

Uno de los puntos más sensibles es el impacto temprano en el desarrollo infantil. Según la especialista, cuando los estímulos provienen casi exclusivamente de las pantallas desde edades muy tempranas, el cerebro modifica sus patrones de funcionamiento. “Las necesidades del cerebro pasan a ser otras”, afirmó, lo que se traduce en dificultades para sostener la atención, tolerar la espera y desarrollar habilidades sociales.

La pediatra también alertó sobre consecuencias concretas que ya se observan en consultorio: trastornos del sueño, ansiedad, irritabilidad y problemas en el desarrollo del lenguaje. “Los chicos hablan como lo que ven”, ejemplificó, al describir situaciones donde niños utilizan palabras o modismos que no corresponden a su entorno cotidiano, evidenciando la fuerte influencia de los contenidos digitales.

En relación al descanso, explicó que la exposición constante a la luz de las pantallas altera los ciclos biológicos. “El cerebro no logra entrar en reposo, los mensajes siguen llegando y los chicos se levantan cansados y de mal humor”, detalló. A esto se suma la lógica de la inmediatez que imponen los dispositivos, generando mayor ansiedad y menor tolerancia a la frustración.


Otro aspecto preocupante es la exposición a riesgos en el entorno digital, como el acoso cibernético o el grooming. Borile insistió en que muchas veces las familias desconocen los contenidos y vínculos a los que acceden los menores, lo que incrementa la vulnerabilidad. “Estamos exponiendo a los chicos a situaciones que no conocemos”, advirtió.

Frente a este panorama, la especialista subrayó que el rol de las familias es clave. “Los límites tienen que empezar en casa”, sostuvo, y remarcó la necesidad de educar en un uso responsable de la tecnología desde edades tempranas. En esa línea, planteó que así como existen pautas claras para el desarrollo físico, también debería haber mayor conciencia sobre el impacto de las pantallas en el cerebro.

En cuanto a la posibilidad de implementar una pausa digital en las escuelas, Borile se mostró a favor, siempre que se construya desde el consenso. “No es una medida autoritaria, es una oportunidad. Los chicos pueden descubrir al que tienen al lado de otra manera”, afirmó. Incluso mencionó experiencias locales donde la iniciativa ya comenzó a aplicarse y generó consultas e inquietudes en la comunidad educativa.

La propuesta, explicó, no implica solo restringir el uso de celulares, sino también promover alternativas que favorezcan la interacción real. “Hay que generar actividades que permitan vincularse, como se hacía antes con juegos adaptados a cada edad”, indicó, destacando la importancia de recuperar espacios de encuentro sin mediación tecnológica.

Además, planteó la necesidad de capacitar tanto a docentes como a familias, en un contexto donde las nuevas tecnologías —incluida la inteligencia artificial— avanzan rápidamente. La especialista mencionó la preocupación existente en ámbitos académicos frente a la incorporación temprana de estas herramientas en la educación primaria, sin una evaluación profunda de sus efectos.

El debate, lejos de ser local, tiene alcance global. Borile participará próximamente en un congreso internacional en Ecuador, donde estas problemáticas serán eje de discusión entre profesionales de distintos países. “Es un tema que atraviesa a todas las sociedades”, aseguró, al tiempo que destacó el trabajo conjunto entre universidades y organizaciones para abordar el impacto de la tecnología en las nuevas generaciones.

Finalmente, insistió en que el desafío no es rechazar la tecnología, sino aprender a convivir con ella de manera saludable. “Es una herramienta valiosa, pero tenemos que preguntarnos qué está pasando con nuestros cerebros”, concluyó, dejando planteada una reflexión que interpela tanto a adultos como a jóvenes en una era dominada por las pantallas.











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