La historia es más o menos conocida: los marinos que seguían a Magallanes se sorprendieron ante la estatura de los indígenas que su jefe llamó patagones. Considerables efectos provocaron también ciertos atributos de las mujeres.


Cinco siglos atrás, la expedición de Hernando de Magallanes invernaba en la bahía de San Julián, actual jurisdicción de la provincia de Santa Cruz. Durante esa estadía comenzó a forjarse la designación Patagonia, al impresionarse los europeos ante la estatura de los indígenas que salieron a su encuentro, dos meses después de desembarcar. La historia es más o menos conocida. Menos difusión tiene que aquellos rudos navegantes también quedaron boquiabiertos ante las proporciones que presentaba la anatomía de sus sorprendidas anfitrionas, a cuyos pechos calcularon una longitud de media vara, es decir, un poco menos de 40 centímetros.

Los detalles de la expedición, famosa por ser la primera en circunnavegar el planeta, fueron recogidos en “Primer viaje alrededor del mundo”, texto que llevó adelante el italiano Antonio Pigafetta, uno de los 18 sobrevivientes que pudo retornar a España. El acontecimiento también es valorado porque luego de sobrellevar el invierno en las costas hoy santacruceñas, los bajeles hispanos se introdujeron por una abertura hacia el oeste: el Estrecho de Magallanes.

Según la crónica del peninsular, después de que la flota de cinco naves sorteara el Río de la Plata, “nos dirigimos hacia el S., llegando hasta los 49 ° 50’, donde hallamos un buen puerto, en el que nos quedamos para pasar el invierno, que ya se aproximaba”. Como si adivinaran la suerte que correrían, los habitantes de aquellas latitudes no se dejaron ver. “Durante dos meses no vimos alma viviente por aquella tierra; un día apareció de improviso en la playa un hombre de estatura gigantesca, casi desnudo, que, bailando y cantando, se echaba arena en la cabeza”.

Ante esa irrupción, “dispuso Magallanes que fuese un hombre a tierra con encargo de imitar al salvaje en sus movimientos, en señal de paz. Comprendió aquél que no íbamos en actitud hostil, y se dejó conducir a una isla vecina, donde estaba nuestro jefe con varios de los nuestros. Maravillose al verlos, y, levantando el dedo, parecía querer decir que nos creía venidos del cielo”, interpretó el italiano.

Según su descripción, “era tan alto aquel hombre, que le llegábamos a la cintura, siendo en lo demás muy proporcionado. Era ancho de cara, cuyo contorno estaba pintado de rojo, de amarillo el de los ojos, y en los carrillos dos manchas en forma de corazón. Su traje, muy elemental, estaba hecho de pieles cosidas; son de un animal que tiene cabeza y orejas de mula, cuello y cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo, y relincha como éste. Abunda mucho en esta tierra, según pudimos ver más adelante”, concedió Pigafetta. Se refería, claro está, a los guanacos.

Flechas como las turcas

El relato afirma: “nuestro gigante tenía los pies cubiertos con una especie de calzado, hecho con piel del mismo animal; de su tripa procede también la cuerda de un arco corto y grueso que llevaba en la mano, y, además, un mazo de flechas de caña, no muy largas, adornadas con plumas por el mango, como las que nosotros usamos; en el extremo opuesto, en vez de hierro, tienen, como las flechas turcas, un pedazo de pedernal blanco y negro, que cortan y pulen valiéndose de otra piedra”.

Inmediatamente, Magallanes comenzó a urdir un plan. “El Capitán general le hizo dar de comer y beber, y le enseñó algunas de las baratijas que llevábamos, para ver qué impresión le causaban. Entre otras cosas, le puso delante un gran espejo de acero; cuando vio en él su imagen, le causó tal sorpresa o susto, que se hizo atrás con tal violencia, que derribó a tres o cuatro de los nuestros, que estaban a su lado”. Nótese la fortaleza de aquel primer patagón, que obviamente, desconocía el nombre que los viajeros le impondrían. “Después, le regaló cascabeles, un espejo, un peine, cuentecillas de vidrio, y le mandó a tierra, acompañándole cuatro hombres armados”.

Siempre según las apreciaciones de Pigafetta, “otro compañero suyo, que no había querido venir a las naves, al verle volver a tierra corrió al punto a avisar a los demás, que, al ver a nuestra gente, comenzaron a cantar y bailar, señalando el cielo con la mano; después les ofrecieron del contenido de unas ollas de barro, que eran unos polvos blancos hechos con la raíz de unas plantas; por señas les dieron a entender que no tenían otra cosa mejor que ofrecerles”. Aquellos recipientes indican que los antepasados de los aonik enk o tehuelches del sur, conocían la alfarería.

El interés de los europeos no cejaba. “También por señas invitáronles los nuestros a venir a las naves, manifestándoles del mismo modo que ellos les ayudarían a llevar sus efectos a la playa; después de alguna vacilación, se decidieron a acompañarlos; pero ellos no tomaron otra cosa que sus arcos: con todo lo demás cargaron a las mujeres”. Advirtió el italiano: “no son estas tan altas como los hombres, pero sí más gruesas. AI verlas cuando llegaron a bordo, nos sorprendió en extremo la longitud de sus pechos, que es en algunas de más de media vara; parecen sucias: se pintan y visten como los hombres, y llevan delante una pequeña piel. Los maridos son celosísimos”. No les faltaban razones. “Entre hombres y mujeres vinieron a bordo 18; estuvieron un buen rato, y luego se les envió a tierra, por mitad a cada lado del puerto, encargándoles que nos cazaran de aquellos animales”, añadió Pigafetta. Seis días después, mientras hacían leña en las cercanías de la orilla, los recién llegados se relacionaron con otro aonik enk de los antiguos. “Dicho salvaje era más alto y mejor formado que los que habíamos visto hasta entonces, y también más accesible a nuestro trato; cantaba y bailaba con tal vigor, que, al caer en la arena, sus pies se hundían un palmo”, es decir, casi 23 centímetros.

El nuevo interlocutor “estuvo muchos días con nosotros, le enseñamos a decir la palabra Jesús, como también el Pater Noster y otras cosas, pronunciándolo todo como nosotros; pero con voz muy fuerte”, subrayó el marino cronista. La tripulación bautizó como Juan a su huésped, antes de que retornara a tierra firme. Sin embargo, al día siguiente retornó con un guanaco, al que trocó por algunas de las cosas que utilizaban los españoles para intercambiar con sus anfitriones. No lo volvieron a ver.

La primera sangre

Al producirse un nuevo encuentro 15 días después de despedirse de “Juan”, Hernando de Magallanes malició apoderarse de dos jóvenes indígenas. Consiguieron engrillarlos mediante ardides y después, los europeos se dirigieron hacia el lugar donde aguardaban otros hombres y sus familias.

Hicieron falta nueve marineros para derribar a dos aonik enk, que abruptamente dejaron de creer en la benevolencia de sus visitantes. Luego, los recién llegados procuraron apresar a una de las mujeres: “ésta, enterada de todo, lamentábase dando tan fuertes voces, que desde lejos se la oía llorar”.

Uno de los maniatados consiguió escapar y el otro, recién se tranquilizó un tanto cuando recibió un culatazo en la cabeza. Herido levemente, consintió en guiar a sus captores hacia donde estaban las mujeres. Como la noche sorprendió a los expedicionarios, resolvieron acampar en tierra, en cercanía de sus presas. Al amanecer, el grupo de aoinek enk consiguió escapar y mientras se distanciaban, dos de ellos dispararon sus flechas hacia los europeos. Uno de ellos recibió uno de los dardos y murió en unos instantes. Los disparos de los verdaderos agresores no dieron en el blanco “pues corrían dando saltos de un lado para otro, con más velocidad que un caballo al galope”, observó Pigafetta. No era para menos. “Magallanes dio a esas gentes el nombre de Patagones”, recogió el italiano. Tal el traumático origen de la denominación regional que hoy resulta tan natural.
Fuente El Cordillerano









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