Acomodé algunas plantas; quité lo que les quemó la helada; barrí las hojas que se empecinan en llenar el patio, saqué algunos yuyos. 
Leí. Leí mucho. 
Cociné.
Miré alguna peli. 
Hice ejercicio. 
Por Verónica Bonacchi


Qué será descansar cuando podamos descansar. Pero descansar de verdad; descansar de mirar la pantalla -cualquier pantalla, todas las pantallas- intentando adivinar a los que están del otro lado; descansar de esos fondos difusos que se han puesto de moda para preservar cierta intimidad a la hora de conectarse al zoom; descansar de no salir mucho; descansar de leer malas noticias todo el rato, todo el tiempo, todos los días; descansar de no poder dormir; descansar de ilusionarse con que la otra mitad del mundo está mejor, hasta que les llega el invierno y entonces todo está peor y la ilusión se transforma en pesimismo; descansar de los estudios que aseguran que el 70%, que el 84%, que el 96,4%, porcentajes que se alteran, que cambian, que marean; descansar de las cifras, de todas las cifras; descansar de las probabilidades, y de las posibilidades; descansar de las culpas, de echarse de la culpa, de sentir culpas.
Qué será descansar cuando ya no sea sinónimo de intentar aquietar la mente; cuando ya no tengamos que esperar informes puntuales, a la tarde. 
Cómo será volver a abrir una ventana, respirar el aire de la playa, bajar hasta la orilla, los pies descalzos, la cara libre. Cómo será sentarse en una reposera, despreocupados, sin frasquitos de alcohol en gel en el bolso.
Qué será.
Cómo será. 
Cuándo será. 

Nos vemos pronto
Cuidate